viernes, 26 de abril de 2013

Si aún me dices ven...


He estado pensando en las horas de vida que me cogiste sin permiso, y he llegado a la conclusión de que voy a cobrártelas en forma de amor. Las cicatrices de mi cuerpo emanan tu esencia y tu despotismo de amor ilustrado en el que lo hiciste todo para mí, pero sin mí. Supiste cómo hacerte dictador insustituible de mis rincones, y tu palabra fue la escuela en la que aprendí el arte de amar el daño y dañar con amor; como en una de esas películas francesas que nunca dejaste que te enseñara; haciéndome ser la más capaz de los incapaces, y convirtiendo todo lo que construimos en un simple juego de niños.

Me has enseñado a desarmar las miradas que quisieron hacerme daño, y a desamar a la gente que lo consiguió. Me he refugiado en ti sin que tú fueras consciente, y tu cuerpo me ha servido tantas veces de templo que te has terminado convirtiendo en mi religión. Te he rezado tantas noches que he perdido ya la cuenta de los años que han pasado, y he olvidado tus ojos y tu voz, pero tu olor aún me sorprende de vez en cuando paseando por las avenidas de mi ciudad.

Sin embargo, sigues inmune a mis ojos, y yo sigo inerme ante los tuyos, que me miran y se ríen de una vida que depende del ciclo de su parpadeo. Pero, para qué nos vamos a engañar, si aún habiendo vivido ebria más noches de las que me gustaría reconocer, aún no he encontrado un brindis mejor que el de tu cuerpo con el mío.

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