He estado pensando en las horas de vida que me cogiste sin
permiso, y he llegado a la conclusión de que voy a cobrártelas en forma de
amor. Las cicatrices de mi cuerpo emanan tu esencia y tu despotismo de amor ilustrado
en el que lo hiciste todo para mí, pero
sin mí. Supiste cómo hacerte dictador insustituible de mis rincones, y tu
palabra fue la escuela en la que aprendí el arte de amar el daño y dañar con
amor; como en una de esas películas francesas que nunca dejaste que te
enseñara; haciéndome ser la más capaz de los incapaces, y convirtiendo todo lo
que construimos en un simple juego de niños.
Me has enseñado a desarmar las miradas que quisieron hacerme daño, y a desamar a la gente que lo consiguió. Me he refugiado en ti sin que tú fueras consciente,
y tu cuerpo me ha servido tantas veces de templo que te has terminado
convirtiendo en mi religión. Te he rezado tantas noches que he perdido ya la
cuenta de los años que han pasado, y he olvidado tus ojos y tu voz, pero tu
olor aún me sorprende de vez en cuando paseando por las avenidas de mi ciudad.
Sin embargo, sigues inmune a mis ojos, y yo sigo inerme ante
los tuyos, que me miran y se ríen de una vida que depende del ciclo de su
parpadeo. Pero, para qué nos vamos a engañar, si aún habiendo vivido ebria más
noches de las que me gustaría reconocer, aún no he encontrado un brindis mejor
que el de tu cuerpo con el mío.
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