lunes, 1 de abril de 2013

Llámalo X.

Unos labios rozaron sus caderas y sus ojos se cerraron, apagando el universo. Esa sensación infinita había vuelto a amanecer con la llegada de la noche, y si nunca había sido capaz de pararla, aquella vez no iba a ser una excepción.

Todas y cada una de las células de su cuerpo se estremecieron al contacto de unas manos extrañas que recorrían su cuerpo como si lo conocieran mejor que ella misma, como faros que deambulan por las vías de una autopista buscando un destino cuanto menos incierto.

El corazón le bombeaba hasta casi suplicar que lo sacaran de aquel pecho que, momentos antes, había estado habitado por unos ojos que anhelaban consuelo. Su consuelo.

El éxtasis se le subió a las pestañas, impidiendo con su peso que aquellos ojos, carentes ya de norte, de sur y de dirección, se abriesen de nuevo.

Sus manos pedían auxilio para soportar el peso de la huida de tanta tristeza, que escapaba despavorida de aquel espectáculo tan inusual. Sus dedos buscaban cobijo, sus uñas buscaban desahogo y sus manos, en general, buscaban una piel a la que arrancar algún que otro susurro esporádico que le asegurase que no era cosa suya, que la piel de gallina era cosa de dos. De ellos dos.

Cuando todo empezaba a nublarse, su boca comenzó a demandar unos dientes que la sujetaran, que la mordieran, que no dejaran salir tanto calor en formato grito. Pero fue imposible. La ayuda llegó demasiado lenta, demasiado pobre, demasiado tarde, y un gemido más parecido a un ronroneo rompió el silencio que hasta entonces solo había roto el colchón.

Se desplomó sobre sus dudas, rompiéndolas todas a una sin esfuerzo alguno, y decidió que aquella noche las estrellas no tendrían tanta luz; total, con sus ojos podía hacer la competencia a todas las constelaciones de la vía Láctea.

Solo una preocupación fue capaz de interrumpir ese momento, haciendo que sus mejillas cambiasen de color y la hicieran susurrar, como llevada por el momento, un simple:

- Mierda, ¿qué van a pensar los vecinos?

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