"Se la llevaron entre tres;
siempre se vuelve a escapar,
¿no ves que está mal?
Y sea cuarta, o quinta vez,
ella lo vuelve a jurar"
Evadirse de un cuerpo a través de otras manos puede resultar, cuanto menos, mortal. Dejando a un lado la inmoralidad de los lazos que puedan unirme a un colchón, o la sonrisa que se dibuja en todas las almohadas que han besado mi firma, llevar tanto tiempo cuerda está empezando a volverme loca.
Imaginemos un todo que se convierte en nada. Una nada silenciosa, vacía, ausente, triste. Una nada cualquiera, como todas las demás, sin puerta de entrada, sin salida de emergencias, sin una ventana siquiera que deje pasar tu voz y me ayude a respirar; sin contacto con un mundo exterior que lleva desde el principio ofreciéndome su mano para ayudarme a levantar y seguir avanzando.
Imagíname a mí, observando esa nada que nace, crece y se reproduce en mi pecho, pero que nunca muere. Yo, intentando entrar. Yo, intentando salir. Yo, embarrada hasta las cejas de esa mierda que me has hecho sentir cuando, como y por lo que tú has querido. Yo, buscando algo a lo que agarrarme para saber que es real, que sigo viva, que nada es tan malo como parece. Yo, dándolo por perdido, por imposible, por (des)hecho.
A continuación, mírame, y dime si esto es lo que algún día conociste, o lo que quisiste conocer, y acepta mis grietas como un fallo de tu maldita y poco elaborada alfarería. Sin sentirte ofendido, ni mirar hacia atrás. Sin regalarme siquiera una palabra que, a tu parecer, nunca he merecido. Sin explicaciones. Sin contacto. Sin remordimientos. Simplemente observa cómo ha degenerado todo lo que empezaste a construir, e interioriza tu proyecto de fortaleza como unas simples ruinas derribadas por tus tormentas. Tus putas tormentas.
Ahora entiendo lo que querías decir cuando me confesaste que eras bueno en los juegos de estrategia, y asumo esas sesenta y cuatro casillas como sesenta y cuatro razones para desestabilizar una vida y seguir avanzando hacia la siguiente. Te encanta jugar, y te encanta mi manera de suplicar una nueva partida. Aunque nunca te dejes vencer, y yo nunca intente ganar.
Sin embargo, llega un momento en el que cualquier razón resulta insuficiente (ya sean sesenta y cuatro o algunas más de tres mil), y resulta evidente que, al menos en esta ocasión, mi fin no justifica tus medios.
Ya habías ganado; era innecesario que aceptases mi revancha.
Ya habías ganado; era innecesario que aceptases mi revancha.
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