martes, 31 de diciembre de 2013

5L.

Desde que no estás conmigo
la vida se ha hecho invierno,
y se me ha hecho casi de día
escuchando cómo sonaba tu voz
a cientos de kilómetros.

Quizá te digan eso
de mis idas y venidas,
o intenten convencerte de que en mi cuerpo
no cabe ni un solo nombre mas.
No les creas.
Tengo un hueco para ti
en cada uno de mis rincones;
y si ni siquiera yo sé lo que quiero
no va a saberlo nadie.

Lo que sí sé es que me estás esperando,
y que en cuanto me aflojen la soga
voy a correr hacia ti como una yegua de carreras.
Voy a embestirte con todas y cada una
de las células de mi cuerpo.
Y te va a faltar campo para correr
cuando te cuente todo lo que he soñado contigo.

De ti espero simplemente que, como siempre,
me beses los ojos y te dejes hacer,
y me digas mirándome a las manos que menos mal,
que ya era hora, que se estaba acabando el año
y te podía la tristeza de dormir otra noche más sin mí.

lunes, 16 de diciembre de 2013

¿Dónde estabas?

Me arañan las ganas en busca de un reencuentro, con uñas largas, afiladas, pintadas de rojo. Rojo... pasión. Como el color de mis labios el día en que me conociste, como el color del coche que nos lleva de mi casa a la tuya, de tu cama a la mía, de mi cama a la tuya, de tu casa a la mía.

Estos días son testigo de los abrazos que te he soñado pensando en otros nombres, de cómo no quiero quererte por miedo a quererte sin querer. Pero me sorprendo fumando por no comer entre horas, comer entre horas, comer...te entre horas. Tu colchón es la mejor dieta que el hombre ha sido capaz de inventar.

Y tus brazos no son tan largos como para abrazarme a kilómetros, ni tu cuerpo es tan alto como para regalarme la lluvia que necesito para apagar todo este fuego. Pero tus palabras engloban el planeta y son tan concretas que me encogen las tripas y me las arrugan como una hoja de papel que ya no sirve. Borradores; como mi espalda a tus dedos, o esta historia al resto de nuestras vidas.

Si me permites divagar, hace tiempo que no me ando por las ramas. Ya no pienso en nada si puedo permitirme reflexionar. Escribo torcido sobre horas en blanco llenas de tachones. Y la curva de tu sonrisa se parece tanto a la mía que somos el círculo perfecto que todos dicen que es imposible representar. Representar. Presentar. Presente. Ya sabes lo que dicen del futuro y el pasado.

Eres un minuto al día, y yo soy un año en un suspiro, y aún así me buscas, me encuentras, y vuelves sin haberte marchado. Y todo es tan bonito que no me gusta, porque me asusta la tranquilidad de saberme segura contigo. Conmigo. Contigo. Sin mí.

No intentes entenderlo, porque nada tiene sentido. Ni yo sé escribir, ni tú sabes leer. Ni estas palabras han salido de mis dedos, ni tú eres el somnífero que me mantiene despierta todas las noches. No eres poesía, no soy adicción. No somos risa envasada al vacío en condones de látex. No somos viajes que aún están por venir. No eres Madrid. No soy Jaén. Y 1999 no me cogió anoche por sorpresa, saliendo de tu habitación, mientras que yo te esperaba desnuda, fumando, y sin ganas de volver a soñar.

lunes, 9 de diciembre de 2013

7L.

Hemos hecho girar al mundo más deprisa de lo que giran las manecillas de nuestros relojes. Me has encontrado abrazada a tus mañanas en un sofá desvencijado que amenazaba con ceder ante nuestro peso. He olido mi pasado en tu cuello, y te he besado hasta borrar de tu piel todo rastro de ternura.

Hemos empañado cristales en autovías y hemos empujado nuestras ganas cuesta arriba, para lanzarnos por la pendiente y ser capaces de volver a arrancar. Nos han dado las tantas esperando un poco de paz, y hemos reído con las letras de tu nombre en labios de los míos.

Mis ojos morados te culpan por el insomnio que los causa, y es que he soñado menos contigo de lo que habría cabido imaginar. Y por eso precisamente te escribo algo que se que no leeras, porque no se como decirte que dormir no es sinónimo de soñar, igual que reír no es sinónimo de amar.

Pero quién soy yo para decidir por mí; quién puedo llegar a ser para decir qué debo y qué no debo hacer. Cuestión de cuestionarlo, de encuestar a las sabanas que nos han dado abrigo y preguntarles si realmente creen que lo que vieron fue amor. Y seguir confiando en el tiempo, que nunca me ha fallado. Tiempo... Quizá sea cuestión de eso, simplemente. Quizá haga falta tiempo.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Vuelta al origen.

Vuelvo de nuevo, como siempre. En este tiempo he sido incapaz de no someterme al paso de los días, al llegar de nuevos reencuentros, a la acogida de unos brazos que me abrazan sin estar. Me sobrecoge el calor de las despedidas; me abruma la soledad de las bienvenidas. Llego yo, otra vez. Vuelvo a sus vidas llenas y a sus espacios vacíos; me meto entre las enredaderas que componen la complejidad de sus quehaceres, y ellos me dejan hacer, como quien anda por su casa, como quien quita y pone sin más explicación que un simple "quería estar contigo".

Nunca menosprecies el poder de los reencuentros. No debes huir de tu hogar; de hecho, aunque lo intentes no vas a poder. El hogar no es un sitio fijo, es un estado de ánimo que te mece cuando tienes sueño y que te echa un cubo de agua fría cuando tienes que despertar.

Siempre vuelvo, y creo que puedo afirmar sin miedo a equivocarme que siempre querré volver. Ellos son las primeras hojas caducas del otoño, y el primer grado bajo cero del invierno; pero también son hierba en primavera y calor en verano. Son todo lo que tengo y todo lo que puedo llegar a ser.

Ellos son muchos; más de los que me gustaría aceptar; y son míos. Míos por derecho, míos por tiempo y míos por cercanía. Son casi tan míos como suya soy. Y nunca querré escapar de ellos, igual que nunca querría escapar de un lugar al que pueda llamar hogar.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Abajo.

"Voy a follarte a mentiras" pienso, mientras me hablas de tus mil maneras de amar la vida. A este paso terminaré escribiéndote una lista con las cosas que me rompen el corazón, por si algún día te hace falta. Te besaré sin ganas y me dejaré perder, te diré la verdad siempre que no me la pidas, te dejaré solo cuando llegue el invierno, y en verano llegaré para agobiarte con mis pies fríos. Así día tras día, año tras año, vida tras vida.

Me tendrás tan lejos que casi podrás tocarme. Te veré tras mil pantallas buscando mis ojos, y yo seguiré mirándome a mí primero, porque ni siquiera tú tienes el poder de hacer que eso cambie. Te pediré perdón por no disculparme, te pediré explicaciones cada vez que no me engañes.

Seremos Ícaro en un Viaje al Centro de la Tierra y Lidenbrock volando cerca del sol. Seremos tan jóvenes que no moriremos nunca. Seremos tan antiguos como lo que está por llegar. Seremos uno, dividido en dos mitades por cientos de kilómetros.

Soñarás conmigo.

Mentiré por ti.

Prometo ser tuya y de nadie, como a ti te gusta. Prometo contarte lo que no me preguntes, y echarte alma para que me expíes el cuerpo. Prometo ser mucho más de lo que soy sin ti. Prometo guardarme el luto de tus ojos negros. Prometo hablar contigo hasta que se nos vaya el acento. Prometo masturbarme solo cuando tú no estés.

Solo tienes que olvidar las mentiras y desvestirme con verdades. Yo te vestiré de fiebres y contracciones, y de todo lo que con el tiempo no te podré ofrecer.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Warning.

El espejo me dijo que todo iría bien y me lo creí,
igual que los niños creen los cuentos a la hora de dormir.
La distancia es un poema que me sé demasiado bien,
y la vida, a veces,
es casi tan puta como yo.
Tú aún no lo sabes; claro que no.
No conoces nada de otra persona si ella no quiere,
y yo no quiero que me conozcas,
porque huir duele más que no llegar nunca.

Te veo en el momento y lugar más inadecuados,
andando sobre las vías,
caminando en línea recta,
siguiendo los patrones que todos siguen,
porque están bien.
Yo voy detrás de ti, zigzagueando,
preguntándome cómo será tu vida
desde que sabes mi nombre,
qué pensarás cuando veas a dos personas
de la mano por nuestra ciudad,
cuántas horas al día inviertes
en no pensar en mí.
Y sé que ninguna respuesta me será placentera;
así que freno y nunca enuncio las preguntas en voz alta,
por miedo a que contestes.

Las mariposas del estómago habían vuelto,
y llegaste justo cuando tenía el cuerpo
en cuarentena por fumigación.
Has de entender, si no lo has entendido ya,
que una casa no puede llenarse de ilusión
cuando está vacía.

No puedo ofrecerte un hogar en mi cuerpo,
ni darte calor cuando estés muriendo de frío,
ni sonreírte cuando estés mal.
No puedo entregarte algo que no tengo.

Pero puedo alquilarte una habitación a corazón abierto,
y jugar contigo a las carreras
por los largos pasillos de mi espalda.
Puedo esconderme en tu cuello
y aparecer cuando menos lo esperes.
Puedo llenarte de inviernos la bañera
y acurrucarme contigo en verano
para que no pases dolor.
Puedo fingir estar bien,
si tú me prometes fingir que te lo estás creyendo.

Y cuando menos lo esperes,
igual que emigran las aves cuando llega el frío,
igual que desaparecen las huellas con la resaca de las olas,
igual que llegué; así de sencillo,
me habré marchado sin despedirme.

Pd: Te doy un cheque al portador con mil excusas,
para que te pagues una sonrisa nueva.
Espero que sepas no perdonarme.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Eyes on fire.

Tiraste una piedra y escondiste la mano en mis piernas, y ya no fui capaz de olvidar el color de tus ojos. Reviviste hasta el ultimo minuto de mis horas muertas y me cerraste los ojos para enseñarme a mirar. Ahora todo es mucho mas tranquilo de como lo recordaba; todo más fácil, todo con calma, todo mejor.

No eres el primero ni el ultimo que me descose las costuras, pero los puntos de sutura que me dejaron tus yemas estan tardando demasiado en borrar su marca.  Me sujetaste el corazon a la piel y los cojones al cuello; y me hiciste olvidar la existencia de la palabra "no" si compartía edredón con tus brazos.

Ahora tu sombra me persigue pisándome los talones, siguiendome el ritmo, cortándome el paso si intento volver atrás.

Me lío otro, lo enciendo, me inspiro y te espiro el humo en la cara; y no me sorprendo cuando compruebo que tu expresión es la misma que cuando me dijiste "te quiero" por última vez.

martes, 19 de noviembre de 2013

Eyes wide shut.

Noviembre vuelve a helar
con la fuerza de ocho soles.
El frío de mi cuerpo no es más
que la punta de un iceberg
que emerge entre bastidores
para desvelarme el final de una historia
que ni siquiera ha tenido la oportunidad de empezar.

A estas alturas debería estar delante de ti,
mordiéndote el alma con los ojos
como hacía siempre que dejabas de quererme.
A estas alturas deberías estar dentro de mí,
rompiéndome los esquemas
mientras me suturas las heridas.

Podríamos volver a estar solos
sujetos a la mano de alguien,
mientras la oscuridad nos acaricia la espalda
y nos sopla en la nuca,
con la burla en la mirada y la lujuria en las manos.

Solo sé que no sabes nada;
que aún no entiendes el por qué de ser sin ti,
que ni después de mil vidas
serás capaz de entenderme cuando digo
que aunque muchos me hayan visto sin ropa
solo tú me has visto desnuda.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Quiero.

Quiero que seas los pies fríos 
que me calientan la cama. 
La risa que me despierta,
los susurros que me calman
cuando las pesadillas no me dejan dormir.
 
Quiero que seas punto y seguido
al final de cada frase, 
y que ni estando aparte
me encuentres un final.
Que seas el angel de tu nombre
y el demonio de los infiernos
que tengo debajo de la cama.

Quiero que me entiendas
cuando no me entiendo ni yo,
que me mires y me leas
como un libro abierto, 
que me sientas y padezcas
como la enfermedad mas dulce que jamas se ha colado en tu vida, 
que me mires y me desnudes
con la mirada mas tenue que he conocido nunca.

Quiero saberte contento
y con todo, dormirme contigo en mí,
besarte para que amanezca,
cambiarte la hora,
cantarte al oido,
volverte cuerdo mientras yo me vuelvo loca,
saltarte en la cama, 
bailar para ti.

Quiero hacer de las siete letras de tu nombre
mis siete pecados capitales.

martes, 12 de noviembre de 2013

Reset.

Dame tu mano,
que te voy a enseñar los puntos cardinales de mi cuerpo
mientras que vuelvo a perderme
apuntando al sur.
Dame tambien tu tiempo,
que yo me encargo de desordenarlo
para que las agujas no sepan qué hora marcar,
mientras que te bailo el vals de los enamorados
en el colchón desgastado
de cualquier prostíbulo.

Háblame de todo lo que no sabes,
pero hazlo sin miedo
que aquí no se juzga lo que dices,
sino lo que intentas callar.
Miénteme si quieres; no me importa:
estoy vacunada contra las verdades constructivas
que destruyen todo lo que las mentiras
han logrado edificar.

Susúrrame otra vez
que has soñado conmigo
y prometo gemirte al oído
las saetas más tristes 
del cancionero andaluz.
Recuérdame el acento 
que me trajo al mundo,
y hazme olvidar 
que cuando salgas de mi cuerpo
volveremos a estar solos.

Olvida los relojes,
no te van a hacer falta;
esta noche solo durará una vida.
Yo mientras te entretengo
poniendo en práctica la teoría del Caos
en los surcos de tu espalda.

martes, 5 de noviembre de 2013

El día ha amanecido más caliente de lo que cabría esperar.

El día ha amanecido más caliente de lo que cabría esperar,
y mis huesos están decepcionados 
por la falta de frío matutino. 
Anoche les prometí escalofríos, 
y no he podido cumplirlo. 
Estoy empezando a fallar a mis huesos 
igual que suelo fallar a mis sentimientos; 
y no sé si estoy preparada 
para volver a incumplirme las promesas.

El día ha amanecido más caliente de lo que cabría esperar,
pero mis manos siguen frías
y tus ojos oscuros,
y he de reconocer que aún te recuerdo, a veces,
haciendo sondeos de los puntos de mi espalda 
en los que tengo cosquillas.
Yo, debajo de tus sábanas.
Tú, debajo de mi cuerpo.
Abril y Mayo colándose en nuestros labios. 

El día ha amanecido más caliente de lo que cabría esperar,
y vuelve a ser cinco de noviembre.
Te veo sentado en mi cama, mirando mi pared,
sonriendo porque la rebeldía me viene de la edad
y no de la cuna.
Te noto, aún, besando mis manos 
mientras asegurabas que todo en lo que creía
era tan falso como el amor que nos teníamos.

El día ha amanecido más caliente de lo que cabría esperar.
Polaridades opuestas atrayendo desgracias.
Eres gravedad, y me siento satélite orbitando a tu alrededor,
mirándote de lejos;
sabiendo que, en el momento en que te toque,
me extinguiré para siempre.

El día ha amanecido más caliente de lo que cabría esperar,
pero yo sigo tiritando
y ya no estás tú para calmarme el alma. 

domingo, 3 de noviembre de 2013

Haiku.

Pasamos la vida deseando, pidiendo, e incluso exigiendo a la vida que nos dé aquello que creemos necesitar. Anhelamos por encima de nuestras posibilidades, y eso nos hace cada día un poco más vulnerables que el anterior. Solapamos momentos intentando olvidar los que no nos agradan, y no aprendemos de los errores que no nos hemos atrevido a cometer. Nos creemos invencibles, eternos, superhombres; y ni siquiera rozamos la sombra de lo que podríamos ser.

Todo esto me ha llevado a cuestionarme mil veces al día la misma pregunta: ¿qué pediría si la vida me cumpliera solamente un deseo? La inmortalidad está sobrevalorada; el amor únicamente trae problemas; la felicidad es tan relativa que el simple hecho de mencionarla me aterra; la amistad es uno de los lazos más frágiles de los seres humanos; la riqueza es tan insípida como el aire; y la verdad... la verdad duele demasiado como para querer conocerla.

Tengo mil deseos que no quiero ver cumplidos, y tengo otros mil que no tendría sentido cumplir. He basado mi vida en una lista de necesidades imperiosas, y si tuviera la oportunidad de cubrir alguna, no sabría decir cuál es la que más me urge. ¿Por qué? Porque ninguna es necesaria, ninguna es importante y ninguna me ayudaría a ser mejor.

Eso me deja en nada, y me hace pararme a pensar. Y odio pensar, porque me hace ver lo que soy y lo que no quiero ser; y me doy cuenta de que esas dos realidades cada vez están más cerca, hasta el punto de casi fundirse en uno.

"Una estrella fugaz
para una mujer
que no sabe qué pedir"

sábado, 2 de noviembre de 2013

Han vuelto para matarme.

Ha amanecido un día precioso, y sigo estando sola. Sin embargo, hay algo que ha cambiado con respecto al resto de los días. No importa cuánto tiempo pase, ni cuanta energía pierda, ni cuántas veces tenga que llorar; porque sé que tengo alguien en quien esconder mi cabeza e hiperventilar.

Están ahí, escondidos detrás de cada error que esté dispuesta a cometer, para aparecer, abrazarme y susurrarme los “te lo dije” más dulces del mundo. Están por todas partes; por todos los rincones del país al que odio, reteniendo en cada frontera mis miedos para que nunca tenga que enfrentarme sola a ellos. 

Sufro un pánico casi inconcebible al optimismo, pero hace tiempo que me siento en casa, esté donde esté, porque sé que ellos están conmigo. A veces se van, a veces deciden que no pueden hacer nada conmigo; a veces, incluso, han llegado a odiarme. Pero lo importante es que terminan volviendo, y me vuelven a querer una vez más, como si durante el resto de su vida no pudieran sentir otra cosa por mí que la necesidad de saber que les necesito.


Así son ellos, y así soy yo cuando están conmigo. Por eso hoy hace sol, y por eso estoy segura de que, si hoy tuviera que llorar, solo podría ser de felicidad. Porque están aquí, y allí, e incluso más allá, pero todos viven a mi lado.

La verdad es un virus que te mata mirándote a los ojos, y a nadie le gusta morir; pero la mentira… La mentira es la máquina que hace que te bombee el corazón después de haber muerto. Y ellos saben que prefiero que me maten a que me quiten la vida.

martes, 29 de octubre de 2013

Fábulas... o no.

El señor vaso, como todos, empezó existiendo como vaso feliz: un cuerpo vacío, sin nada que mantener dentro de sí más allá de la nada más absoluta; se le había llegado a declarar óptimo candidato a la indiferencia, porque, al no tener nada, no tenía nada de qué preocuparse.

Sin embargo, como todo lo bueno, terminó pronto. Sin saber ni cómo, ni cuando, se vio convertido en un vaso medio vacío. ¿Quién había sido la cruel fuente que lo había llenado sin llegar siquiera a la mitad? Ni lo sabía, ni le importaba. Simplemente se preocupó de descubrir qué era eso que, de repente, había perturbado su equilibrio. Al ver que ni por activa, ni por pasiva era capaz de descubrir de qué iba todo aquello, dejó de lado toda ilusión posible y se estancó en un suculento pesimismo que le empachó de arriba abajo.

Cuando todo parecía perdido, y suplicándose a sí mismo algo de redención por la tortura mental a la que se había autoinducido, se dio una última oportunidad. Se miró de nuevo, se autoexploró hasta la saciedad y, ¿cuál fue su sorpresa? Maldita sea, ¡hacía tiempo que había dejado de estar medio vacío!: todo aquello que se estaba arremolinando dentro de él había superado con creces el punto medio de su ser y, quién lo diría, ¡ahora era el vaso más perfectamente medio lleno que había conocido! Digamos que, en este punto, el señor vaso volvió a ser feliz. Saboreaba el optimismo, se sentía bien consigo mismo. Demonios, seamos sinceros, ¿cuántos vasos a lo largo y ancho del mundo pueden considerarse medio llenos? ¿Por qué no iba el señor vaso a ser feliz?

Todo aquel éxtasis, aquella utopía ilusoria que lo rodeaba día y noche, aquel simulacro de felicidad, no fue más que el principio del final. Digamos que, cuando alguien está triste, es capaz de entrever dónde está el fondo y cuánto queda para tocarlo. Pero, ¿quién se preocupa por saber cuándo le llegará el momento de tocar techo?

He de confesar que estuve presente en sus últimos momentos de vida. Miré impasible cómo rebosaba el contenido del señor vaso, y fui admiradora de la caída de la gota que excedió el volumen. No era una gota especialmente grande, ni especialmente llamativa. No cayó con la fuerza con la que cayeron algunas de las anteriores. Ni siquiera aterrizó en un punto estratégico de la superficie. Simplemente, llegó la última. Y ya no cabían más.

A partir de ese momento, y al notar cómo perdía una parte que, segundos antes, había sido indiscutiblemente suya, se volcó para recuperarla, vaciando así todas las demás gotas que tanto trabajo le había costado almacenar. Y, reconozcámoslo, es fácil para alguien que está vacío aprender a sentirse lleno; pero, ¿cómo le explicas a alguien que conoció la plenitud que ha de volver a acostumbrarse a no tener nada que retener?


Es curioso cómo algo aparentemente insignificante puede hacer que cambie todo lo importante.

domingo, 27 de octubre de 2013

Reflexiones de un día que no quiere terminar.

Hay personas que son pura heroína; y ella lo era en todos los sentidos. La primera vez que la besé supe que ya nunca probaría otros labios sin pensar en los suyos. Lo mismo me pasó con su voz, con su piel, con su pecho y con cada milímetro de vida que fui capaz de robarle.

Al principio nada parecía fuera de lo común. Éramos estáticamente felices, con una relación sin futuro que no llevaba a ningún lugar, pero que nos llenaba tanto que nos hacía olvidar que la vida consiste en avanzar. Sin embargo, ¿quién quiere avanzar si debajo de unas sábanas encuentras todo lo que el mundo puede ofrecerte?

Además, estaba el tema de sus ojos. Sus benditos ojos. Nunca ha existido océano más profundo, ni droga más adictiva. Nunca un laberinto ha hecho perderse a tantos hombres. Yo viví el milagro de verlos abrirse algunas mañanas, y fui yo quien los besó una y mil veces cuando la duda tenía el valor de asomarse a sus pestañas.



Aún no sé por qué se fue. No sé qué pudo ir tan mal (o tan bien) como para hacerla huir. No teníamos nada, y para mí era suficiente. Supongo que ella buscaba algo más que mi tiempo. Supongo que esperaba que le hiciera esa promesa que todas las mujeres quieren oír… pero se cansó de esperar.


Ahora soy yo quien espera. Espero que regrese. Ahora ya sé lo que tengo que prometer. He repetido la misma frase en mi cabeza cientos de veces al día, hasta que ha dejado de tener sentido. Solo tendría que volver a verla; simplemente tendría que tenerla delante. Solo necesitaría dos segundos de su tiempo; los dos exactos segundos que tardaría en tomar aliento y decirle: “voy a quedarme contigo”.

lunes, 21 de octubre de 2013

For Emma, forever ago.

Bon Iver. Flume. Pasas bajo un puente. Aceleras, sexta y largas. Curva izquierda. Bajas la ventanilla y enciendes un cigarro. Fumas con la derecha. No conoces otra manera.

Bon Iver. Lump Sum. Radar. Reduces, quinta. Curva derecha.  Bostezas; es tarde. Hace mucho que anocheció. Miras la hora, suspiras y vuelves a acelerar.

Bon Iver. Skinny Love. Tramo de accidentes. Curva izquierda. Coges agua, bebes y la vuelves a dejar. Te retiras el pelo de la cara. Fijas los ojos en la carretera. Tiras el cigarro y subes la ventanilla.

Bon Iver. The Wolves. Carril de deceleración. Reduces, cuarta. Curva derecha. El mismo camino de siempre. Están durmiendo. Segunda e izquierda. Y todo recto.

Bon Iver. Blindsided. Jamilena. Curva izquierda, curva derecha. Curva izquierda, curva derecha. Pierdes la cuenta.  Olivares, oscuridad. Vas a echar de menos este camino eterno.

Bon Iver. Creature Fear. Bifurcación. Reduces, segunda. Curva derecha. Ciento ochenta grados. Luces apagadas. Curva izquierda. Hasta el final.

Bon Iver. Team. Un perro te recibe al entrar. Lo saludas. Te saluda, y sabes que te quiere. Aparcas. Echas la cabeza hacia atrás. Por fin aquí. Quitas las llaves del contacto.


Silencio. Bajas del coche. Miras alrededor. Los buscas. Abres la puerta principal. Entras en casa. Y, de repente, todo parece tener solución.

domingo, 20 de octubre de 2013

The same old song.

No sé si aún recuerdas lo que era mirarnos a los ojos y vernos estallar. Más de una vez se nos alinearon los planetas al paso y los noticiarios se alarmaron por una “inexplicable” ráfaga de luz que iluminaba toda la ciudad. Ante todo esto, no nos quedaba otra que reír y mantener en secreto el por qué de tanta euforia.

Lo hacíamos tan bien que los vecinos se encendían un cigarro en honor al cabecero de nuestra cama. Nuestra. Aquella bendita cama que nos daba refugio los días de lluvia y sabía enfriar cualquier calentón. Aunque, seamos sinceros, esa cama era única porque nosotros lo quisimos así.

Mentiría si dijera que los parques nunca nos vieron sonreír a quemarropa, o que sabíamos contenernos las ganas en las noches andaluzas. La calle siempre era un buen sitio para comenzar un tango, y dónde terminaba el baile era solo cuestión de azar.

Nos movíamos por el tablero como si estuviéramos en casa; te convertiste en ganador indiscutible de todos los torneos de ajedrez entre mis piernas. Te comías una y contabas veinte, aunque el juego no fuese así. Pero, ya sabes lo que dicen… “nuestra casa, nuestras reglas”.

Y así pasó el verano más difuso de nuestras vidas. Aún hoy nos sonrojamos cuando echamos un momento la vista atrás y nos vemos quitándonos el frío en un iglú dentro del salón.

Pero ambos hemos crecido. Ya no hace tanto frío en el Polo Norte, ni tanto calor los días de verano. Los ventiladores hace tiempo que fueron sustituidos por aires acondicionados industriales y aburridos; y nuestra casa ya no es mía, ahora es vuestra.


Supongo que es así como acaban las cosas; de repente, para que duelan menos. No hubo despedida porque no era necesaria: ninguno habría sido capaz de decir definitivamente adiós. Pero si ha quedado algo de nosotros, espero que haya sido en alguna de las cuatro esquinas de la cama.