martes, 29 de octubre de 2013

Fábulas... o no.

El señor vaso, como todos, empezó existiendo como vaso feliz: un cuerpo vacío, sin nada que mantener dentro de sí más allá de la nada más absoluta; se le había llegado a declarar óptimo candidato a la indiferencia, porque, al no tener nada, no tenía nada de qué preocuparse.

Sin embargo, como todo lo bueno, terminó pronto. Sin saber ni cómo, ni cuando, se vio convertido en un vaso medio vacío. ¿Quién había sido la cruel fuente que lo había llenado sin llegar siquiera a la mitad? Ni lo sabía, ni le importaba. Simplemente se preocupó de descubrir qué era eso que, de repente, había perturbado su equilibrio. Al ver que ni por activa, ni por pasiva era capaz de descubrir de qué iba todo aquello, dejó de lado toda ilusión posible y se estancó en un suculento pesimismo que le empachó de arriba abajo.

Cuando todo parecía perdido, y suplicándose a sí mismo algo de redención por la tortura mental a la que se había autoinducido, se dio una última oportunidad. Se miró de nuevo, se autoexploró hasta la saciedad y, ¿cuál fue su sorpresa? Maldita sea, ¡hacía tiempo que había dejado de estar medio vacío!: todo aquello que se estaba arremolinando dentro de él había superado con creces el punto medio de su ser y, quién lo diría, ¡ahora era el vaso más perfectamente medio lleno que había conocido! Digamos que, en este punto, el señor vaso volvió a ser feliz. Saboreaba el optimismo, se sentía bien consigo mismo. Demonios, seamos sinceros, ¿cuántos vasos a lo largo y ancho del mundo pueden considerarse medio llenos? ¿Por qué no iba el señor vaso a ser feliz?

Todo aquel éxtasis, aquella utopía ilusoria que lo rodeaba día y noche, aquel simulacro de felicidad, no fue más que el principio del final. Digamos que, cuando alguien está triste, es capaz de entrever dónde está el fondo y cuánto queda para tocarlo. Pero, ¿quién se preocupa por saber cuándo le llegará el momento de tocar techo?

He de confesar que estuve presente en sus últimos momentos de vida. Miré impasible cómo rebosaba el contenido del señor vaso, y fui admiradora de la caída de la gota que excedió el volumen. No era una gota especialmente grande, ni especialmente llamativa. No cayó con la fuerza con la que cayeron algunas de las anteriores. Ni siquiera aterrizó en un punto estratégico de la superficie. Simplemente, llegó la última. Y ya no cabían más.

A partir de ese momento, y al notar cómo perdía una parte que, segundos antes, había sido indiscutiblemente suya, se volcó para recuperarla, vaciando así todas las demás gotas que tanto trabajo le había costado almacenar. Y, reconozcámoslo, es fácil para alguien que está vacío aprender a sentirse lleno; pero, ¿cómo le explicas a alguien que conoció la plenitud que ha de volver a acostumbrarse a no tener nada que retener?


Es curioso cómo algo aparentemente insignificante puede hacer que cambie todo lo importante.

domingo, 27 de octubre de 2013

Reflexiones de un día que no quiere terminar.

Hay personas que son pura heroína; y ella lo era en todos los sentidos. La primera vez que la besé supe que ya nunca probaría otros labios sin pensar en los suyos. Lo mismo me pasó con su voz, con su piel, con su pecho y con cada milímetro de vida que fui capaz de robarle.

Al principio nada parecía fuera de lo común. Éramos estáticamente felices, con una relación sin futuro que no llevaba a ningún lugar, pero que nos llenaba tanto que nos hacía olvidar que la vida consiste en avanzar. Sin embargo, ¿quién quiere avanzar si debajo de unas sábanas encuentras todo lo que el mundo puede ofrecerte?

Además, estaba el tema de sus ojos. Sus benditos ojos. Nunca ha existido océano más profundo, ni droga más adictiva. Nunca un laberinto ha hecho perderse a tantos hombres. Yo viví el milagro de verlos abrirse algunas mañanas, y fui yo quien los besó una y mil veces cuando la duda tenía el valor de asomarse a sus pestañas.



Aún no sé por qué se fue. No sé qué pudo ir tan mal (o tan bien) como para hacerla huir. No teníamos nada, y para mí era suficiente. Supongo que ella buscaba algo más que mi tiempo. Supongo que esperaba que le hiciera esa promesa que todas las mujeres quieren oír… pero se cansó de esperar.


Ahora soy yo quien espera. Espero que regrese. Ahora ya sé lo que tengo que prometer. He repetido la misma frase en mi cabeza cientos de veces al día, hasta que ha dejado de tener sentido. Solo tendría que volver a verla; simplemente tendría que tenerla delante. Solo necesitaría dos segundos de su tiempo; los dos exactos segundos que tardaría en tomar aliento y decirle: “voy a quedarme contigo”.

lunes, 21 de octubre de 2013

For Emma, forever ago.

Bon Iver. Flume. Pasas bajo un puente. Aceleras, sexta y largas. Curva izquierda. Bajas la ventanilla y enciendes un cigarro. Fumas con la derecha. No conoces otra manera.

Bon Iver. Lump Sum. Radar. Reduces, quinta. Curva derecha.  Bostezas; es tarde. Hace mucho que anocheció. Miras la hora, suspiras y vuelves a acelerar.

Bon Iver. Skinny Love. Tramo de accidentes. Curva izquierda. Coges agua, bebes y la vuelves a dejar. Te retiras el pelo de la cara. Fijas los ojos en la carretera. Tiras el cigarro y subes la ventanilla.

Bon Iver. The Wolves. Carril de deceleración. Reduces, cuarta. Curva derecha. El mismo camino de siempre. Están durmiendo. Segunda e izquierda. Y todo recto.

Bon Iver. Blindsided. Jamilena. Curva izquierda, curva derecha. Curva izquierda, curva derecha. Pierdes la cuenta.  Olivares, oscuridad. Vas a echar de menos este camino eterno.

Bon Iver. Creature Fear. Bifurcación. Reduces, segunda. Curva derecha. Ciento ochenta grados. Luces apagadas. Curva izquierda. Hasta el final.

Bon Iver. Team. Un perro te recibe al entrar. Lo saludas. Te saluda, y sabes que te quiere. Aparcas. Echas la cabeza hacia atrás. Por fin aquí. Quitas las llaves del contacto.


Silencio. Bajas del coche. Miras alrededor. Los buscas. Abres la puerta principal. Entras en casa. Y, de repente, todo parece tener solución.

domingo, 20 de octubre de 2013

The same old song.

No sé si aún recuerdas lo que era mirarnos a los ojos y vernos estallar. Más de una vez se nos alinearon los planetas al paso y los noticiarios se alarmaron por una “inexplicable” ráfaga de luz que iluminaba toda la ciudad. Ante todo esto, no nos quedaba otra que reír y mantener en secreto el por qué de tanta euforia.

Lo hacíamos tan bien que los vecinos se encendían un cigarro en honor al cabecero de nuestra cama. Nuestra. Aquella bendita cama que nos daba refugio los días de lluvia y sabía enfriar cualquier calentón. Aunque, seamos sinceros, esa cama era única porque nosotros lo quisimos así.

Mentiría si dijera que los parques nunca nos vieron sonreír a quemarropa, o que sabíamos contenernos las ganas en las noches andaluzas. La calle siempre era un buen sitio para comenzar un tango, y dónde terminaba el baile era solo cuestión de azar.

Nos movíamos por el tablero como si estuviéramos en casa; te convertiste en ganador indiscutible de todos los torneos de ajedrez entre mis piernas. Te comías una y contabas veinte, aunque el juego no fuese así. Pero, ya sabes lo que dicen… “nuestra casa, nuestras reglas”.

Y así pasó el verano más difuso de nuestras vidas. Aún hoy nos sonrojamos cuando echamos un momento la vista atrás y nos vemos quitándonos el frío en un iglú dentro del salón.

Pero ambos hemos crecido. Ya no hace tanto frío en el Polo Norte, ni tanto calor los días de verano. Los ventiladores hace tiempo que fueron sustituidos por aires acondicionados industriales y aburridos; y nuestra casa ya no es mía, ahora es vuestra.


Supongo que es así como acaban las cosas; de repente, para que duelan menos. No hubo despedida porque no era necesaria: ninguno habría sido capaz de decir definitivamente adiós. Pero si ha quedado algo de nosotros, espero que haya sido en alguna de las cuatro esquinas de la cama.

Dream. Drop. Distance.

Tears of the light (Yoko Shimomura).

Pasaron tantas noches en los suburbios de sus cuerpos que perdieron el norte y olvidaron el sur, y ya no supieron encontrarse; ni quisieron. Jugaron con fuego por el simple placer de verse reducidos a cenizas, sin fénix que les hiciera renacer, sin nada que no fuese ellos contra todo. No existió nunca mejor tempo que el vaivén de sus caderas; ni luz más intensa que la oscuridad de su habitación.

No hablaban de sueños, porque temían que al hacerlo todo se volviera real y desapareciera; igual que desaparece todo lo auténtico, igual que muere todo lo vivo, igual que se olvida todo lo que se promete recordar. Sueños eran ellos, y sueños juraron seguir siendo, hasta que uno de los dos se quedase sin imaginación. Y, sin saber ni cómo, ni cuando, ni por qué, despertaron: él ya no era él; ella ya no era ella; y ellos… Bueno, descubrieron que ellos nunca habían existido.

Se convirtieron en dos cuerpos independientes, y entendieron que estar el uno al lado del otro no era igual que estar juntos. Entendieron que la vida desordena el caos y lo convierte en orden; y eso los mató incluso más que el tiempo.

Ya no eran eternos. Así como tampoco lo eran sus esquinas, ni la almohada que tantas veces les había escuchado callar; convirtiendo sus silencios en la mejor música de la ciudad.


Qué sucedió aquella noche para que todo empezara a terminar es algo que nadie sabe; ni siquiera ellos. Cuánto tiempo pasará hasta que ambos se olviden… Ya ha pasado. Ya no son uno. Ni siquiera son dos mitades. Simplemente, son: él ha vuelto a ser él; ella ha vuelto a ser ella; y ellos… Bueno, ya ni siquiera recuerdan que ellos habían existido.

miércoles, 2 de octubre de 2013

PIB.

Tras las lágrimas apenas llegué a leer una expresión en tu cara, pero comprendí que me querías tanto como yo a ti. Éramos dos mitades unidas por el azar: yo era la parte que habías perdido, y tú eras la parte que nunca tuve.

La confianza vino después, con unos cuantos movimientos okupas y algun que otro momento de amor. Amor del de verdad, del puro, del que no se corrompe con celos y mentiras.

Reí más contigo de lo que había reído dieciocho años atrás, y supiste entender cuándo mis peores momentos podían mejorarse con unas cuantas sonrisas. Solo tu sabías cómo hacer esa magia que inmediatamente borraba todos los errores que había cometido al intentar hacerlo todo bien.

Hasta ahora has sido el asidero que me ha hecho sentir en casa a cientos de kilómetros de mi hogar, y eso es algo que no se puede agradecer con palabras. Eres el hombre de mi vida, más allá de amores de una noche que apenas recuerdan mi nombre.

Por eso, por todo y por más, te quiero.