Hay momentos en la vida de toda persona en la que uno se plantea si realmente es feliz o si, en parte, se fuerza a serlo. Y, cuando llegas ahí, ¿cómo te contestas? ¿Cómo diferenciar la felicidad real, pura y brutal de la felicidad autoinducida por la necesidad de evadirte de una realidad que no te termina de convencer?
En ese punto, decides dejar que el tiempo campe libre y a sus anchas por tu vida, esperando encontrar a lo largo del camino algo a lo que acogerte; algo que, con solo pensarlo, te haga estar seguro de que en realidad sí que eres feliz. Pero el silencio que tiene la noche te puede, y dejas el dilema para otro momento, uno de esos en los que el afán de autorealización te guía y te lleva justo donde querías llegar. Sin embargo, ese momento nunca llega si no lo buscas, y escapa si no sabes cómo aprovecharlo.
La pregunta a la que quiero llegar es: ¿qué es ese algo que buscamos? ¿Familia? ¿Amistad? ¿Amor? Delimitaré estos conceptos, porque como tres de las grandes cuestiones de la existencia humana, son amplios y subjetivos. Con familia, quiero decir padres y hermanos; con amistad, aquellas personas que, aun sin compartir tus genes, estarían dispuestos a estar contigo bajo cualquier circunstancia; con amor... En fin, ¿quién puede delimitar el amor? ¿Acaso no engloba los dos conceptos anteriores?
Y, tras mucho pensar, caes en la cuenta de la raíz del problema, que es a la vez la solución: amor. Nadie puede ser feliz si no tiene amor. Buscamos ser amados y amar por encima de nuestras posibilidades; buscamos amor igual que nuestro cuerpo busca oxígeno y, cuando nos falta, entendemos el significado de ese "esplín" que nos regaló Baudelaire en sus Flores del Mal; esa desgana, esa desidia, esas ganas de nada y de todo a la vez. Esa fuerza que nos mueve a viajar por nuestro París interior sin mirarnos a la cara.
Fingimos ser felices, y lo fingimos tan bien que conseguimos creernos nuestra propia mentira, sin plantearnos hacia dónde estamos yendo. Pero el tiempo es uno de los primeros sabios, y la vida una de las mayores putas, y no tardamos demasiado en volver al estado del que venimos: el estado de tristeza, de una soledad vital que nos obliga a replantearlo todo, para después volver a empezar el ciclo desde el principio y hasta el final.
Pero si hay amor... ¡Ay, si hay amor! Las horas de silencio dejan de existir, y la noche se hace alegre y aúlla de felicidad. Todo parece cambiar, porque nunca puede ir todo mal si tienes alguien que te ama y a quien amar, porque el amor es algo bueno, algo que te llena y te realiza.
Aunque, claro está, cuidado con perder ese amor; cuidado con intentar estrujarlo más de la cuenta para exprimir todo el zumo, porque el amor se rompe de tanto usarlo, y cuando el amor se rompe te rompes tú con él. Y te incorporas de nuevo a esa breve carrera de obstáculos que es la vida, donde llegar a la meta significa haber perdido para siempre.
Estamos heridos de muerte desde que nacemos; aprovechemos que aún seguimos vivos; busquemos ese pequeño saliente al que sujetarnos si resbalamos; compartamos los miedos, porque un miedo entre dos se convierte en la mitad; pero no dejemos de pensar en si la sonrisa que tenemos es sincera, o si podemos hacer algo por nosotros mismos para intentar que lo sea aún más.
Por último, y parafraseando al gran John Lennon, quiero recordaros (y pedir que nunca nadie lo olvide) que lo único que necesitamos para ser felices es un poco de amor.
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