La felicidad no es eterna, y su duración es inversamente proporcional al empeño que pongas en mantenerla. Esto es algo que he aprendido a la fuerza en el último año, a base de darme hostias una y otra vez, y no haber terminado de recuperarme cuando ha llegado la siguiente.
Sin embargo, ser una persona triste es fácil. Una imagen, un olor o incluso una palabra que te recuerde que hubo tiempos mejores y que no los vas a poder recuperar, pueden derribar los cimientos de tu felicidad con la fuerza de un huracán. Maldita memoria.
Ante la tristeza, solo te queda hacerte fuerte, plantarte frente a la vida y gritarle que contigo no lo intente, que si has llegado hasta ahí es porque puedes con todo y más; aunque por dentro sepas que no tienes la suficiente fuerza ni para aguantar la más mínima racha de viento.
Madrid te encierra en su inmensa libertad, te apresa en la cárcel más puta que el hombre ha inventado: el anonimato; y, si no sabes cómo aprovechar la soledad de esa celda, amigo, estás muerto. Ningún ser humano es capaz de lidiar con la libertad de un dios y salir airoso, y tú no vas a ser menos.
Y encuentras un pequeño rincón de pura y brutal libertad cuando te recuerdas encerrada en sus brazos. Innumerables conceptos opuestos en una sola persona: confianza y recelo, esclavitud y libertad, verdad y mentira, deseo y rechazo, amor y odio. Parece tópico, pero termina convirtiéndose en algo típico el simple hecho de despertar y que la primera cosa que hagas sea volver a asimilar que ya no está contigo, y que nunca lo estará.
Hasta que un día, sorprendentemente, ya no hace falta intentarlo más, porque ya lo has asimilado. Ya no está ahí, ni él, ni la vida que te prometió años atrás. Ya no hay más que escombros entre los que rebuscar. Ya no queda nada. Absolutamente nada.
Y, cuando te das cuenta de eso, en lugar de llorar, sonríes, y te das cuenta de que ser feliz nunca había sido tan sencillo.
martes, 25 de diciembre de 2012
sábado, 22 de diciembre de 2012
Ella es la luna.
Entiendes que algo ha sobrepasado el límite de lo común cuando no encuentras palabras para describir la sensación que te produce recordarlo. Y no encuentro palabra alguna que esté a la altura de la situación.
No hablo de dejarse llevar, ni de actuar según impulsos. Intento hablar de dejarse ser. Dejarse acariciar. Dejarse morir en una explosión de vida. Dejarse, simplemente, en lugar de intentar encontrarse.
No quedan más palabras.
martes, 18 de diciembre de 2012
Manifiesto.
Fue tan sencillo como levantar la cabeza y mirar hacia adelante. Parecía una gran hazaña, una locura, una puta odisea; pero finalmente no resultó ser más que eso: un pequeño movimiento que cambió radicalmente las cosas.
Llámalo suerte, llámalo paciencia, llámalo decepción, cansancio, resignación. Llámalo como quieras. Pero si algún día vuelves a sentirte solo y no sabes a quién acudir y, por acierto o error, llegas a este lugar; si necesitas utilizar a la persona que más enfermizamente te ha querido para que alimente tu ego y, después, disfrutarlo en otros cuerpos; si aún no has tenido suficiente con todo esto, he de decirte que yo si; y he de pedirte que jamás (lee bien: jamás) vuelvas a subestimar el esfuerzo que supone vivir así, y tengas en cuenta que todo el mundo tiene un límite.
No puedo decirte que algún día seré capaz de decir "no" si me llamas, porque no lo seré; pero sí que puedo recordarte que nunca serás capaz de hacerme feliz, porque nadie que me tenga lástima sería capaz de hacerlo.
Tampoco puedo asegurarte que no vaya a ser yo quien te reclame. Es altamente improbable, e incluso casi imposible, pero no es definitivo. En este caso, ya no te pido, sino que te suplico, que seas tú quien me recuerde que nunca serás capaz de hacerme feliz, y que trates de convencerme de ello, porque lo habré olvidado.
Por último, quiero recordar algunas palabras que hablaban de buscarte si te ibas; y quiero que sepas que, por mi parte, tengo la conciencia tranquila, porque lo he intentado por activa y por pasiva (a pesar de que el fruto del esfuerzo haya sido nulo) y, aún así, no te has dejado encontrar.
No hay mucho más que pueda decir que seas capaz de entender o que no sepas ya; así que, sin más dilación, mi actitud de depresivo-compulsiva se despide con un cordial e imperiosamente desiderativo "hasta nunca".
Llámalo suerte, llámalo paciencia, llámalo decepción, cansancio, resignación. Llámalo como quieras. Pero si algún día vuelves a sentirte solo y no sabes a quién acudir y, por acierto o error, llegas a este lugar; si necesitas utilizar a la persona que más enfermizamente te ha querido para que alimente tu ego y, después, disfrutarlo en otros cuerpos; si aún no has tenido suficiente con todo esto, he de decirte que yo si; y he de pedirte que jamás (lee bien: jamás) vuelvas a subestimar el esfuerzo que supone vivir así, y tengas en cuenta que todo el mundo tiene un límite.
No puedo decirte que algún día seré capaz de decir "no" si me llamas, porque no lo seré; pero sí que puedo recordarte que nunca serás capaz de hacerme feliz, porque nadie que me tenga lástima sería capaz de hacerlo.
Tampoco puedo asegurarte que no vaya a ser yo quien te reclame. Es altamente improbable, e incluso casi imposible, pero no es definitivo. En este caso, ya no te pido, sino que te suplico, que seas tú quien me recuerde que nunca serás capaz de hacerme feliz, y que trates de convencerme de ello, porque lo habré olvidado.
Por último, quiero recordar algunas palabras que hablaban de buscarte si te ibas; y quiero que sepas que, por mi parte, tengo la conciencia tranquila, porque lo he intentado por activa y por pasiva (a pesar de que el fruto del esfuerzo haya sido nulo) y, aún así, no te has dejado encontrar.
No hay mucho más que pueda decir que seas capaz de entender o que no sepas ya; así que, sin más dilación, mi actitud de depresivo-compulsiva se despide con un cordial e imperiosamente desiderativo "hasta nunca".
miércoles, 5 de diciembre de 2012
A la tercera, me tienes vencida.
Dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Entonces, cuando se pierde la esperanza, ¿qué nos queda? Nada. La respuesta es nada. Si ni siquiera poseemos las fuerzas suficientes para mantener la esperanza, ¿cómo vamos a tener fuerzas para avanzar y salir adelante? Sin una mano que te ayude a levantar, ¿cómo se supone que debemos hacernos fuertes? Si no tenemos nadie a quien descubrir, ¿cómo podemos descubrirnos a nosotros mismos?
Cuando conoces a la persona que condicionará tu vida a su antojo, te das cuenta de que todos vivimos con un vacío que somos incapaces de llenar por nosotros mismos; aunque la gran mayoría de la gente prefiere ignorar su existencia.
Cuando conoces a la persona que condicionará tu vida a su antojo, te das cuenta de que todos vivimos con un vacío que somos incapaces de llenar por nosotros mismos; aunque la gran mayoría de la gente prefiere ignorar su existencia.
domingo, 2 de diciembre de 2012
Quien nada da, nada merece recibir.
Cuando caes en el gravísimo error de confundir alegría y felicidad, hay pocos salientes a los que puedas agarrarte para frenar el descenso. Te sumerges en un delirio que no hace bien ni a tu presente, ni a tu futuro, ni a lo poco que puedas mantener de tu pasado. Crees tener todo y ser capaz de lidiar con todo lo que venga y salir victoriosa. Crees que vuelves a ser fuerte, que el amor propio ha regresado, que todo sale bien porque así debe ser. Crees que nada volverá a fallar nunca, que no volverás a estar triste, porque has llorado lo suficiente para el resto de tu vida. Pero nada es como parece ser, y no tardas en caer en la cuenta de ello.
Entonces nacen los afamados "agujeros negros", que comienzan en el pecho y terminan engulléndote hasta el alma. Entras en un nuevo delirio, un delirio inverso al anterior, donde confundes tristeza con añoranza, deseo con recuerdo, y te diluyes en lo que un día fuiste, obteniendo una mezcla informe y sin demasiado valor sentimental; una copia de lo que él quiso retener; un mero reflejo de alguien que sabía realmente quién era; el eco desvaído de unos labios que una vez pronunciaron las tres palabras que más vidas han roto a lo largo de la historia: «siempre estaré contigo».
Entonces, recuerdas. Evocas unos escasos minutos de tu tiempo, de vuestro tiempo, cuando te pidió que, si alguna vez se iba, fueras a buscarlo. Lo intentas. Lo buscas. Lo encuentras. Bendito momento. Pero le vuelves a perder. Como siempre ha sucedido. Como ya nunca volverá a suceder.
Solo en este momento, tras el sube y baja, tras el vaivén, al mirar hacia atrás para encontrar los fallos, te das cuenta de que el fallo surgió al principio. Porque creíste haber encontrado felicidad en unos brazos que estaban vacíos, en unas palabras que no tenían sentido y en una vida que jamás iba a aunarse con la tuya.
Tan solo experimentas real felicidad cuando resucitas, al tercer año. Eres completamente consciente de que, por tu parte, se ha cerrado el primer capítulo de la historia de tu vida. Y, aunque empezar siempre es lo más difícil, y no puedes continuar una historia sin hacer referencia a los capítulos anteriores, sabes que ya no es el principal punto a tratar, y que no volverá a serlo. No ahora, que sabes que tú jamás marcaste un antes y un después en su trama.
Entonces nacen los afamados "agujeros negros", que comienzan en el pecho y terminan engulléndote hasta el alma. Entras en un nuevo delirio, un delirio inverso al anterior, donde confundes tristeza con añoranza, deseo con recuerdo, y te diluyes en lo que un día fuiste, obteniendo una mezcla informe y sin demasiado valor sentimental; una copia de lo que él quiso retener; un mero reflejo de alguien que sabía realmente quién era; el eco desvaído de unos labios que una vez pronunciaron las tres palabras que más vidas han roto a lo largo de la historia: «siempre estaré contigo».
Entonces, recuerdas. Evocas unos escasos minutos de tu tiempo, de vuestro tiempo, cuando te pidió que, si alguna vez se iba, fueras a buscarlo. Lo intentas. Lo buscas. Lo encuentras. Bendito momento. Pero le vuelves a perder. Como siempre ha sucedido. Como ya nunca volverá a suceder.
Solo en este momento, tras el sube y baja, tras el vaivén, al mirar hacia atrás para encontrar los fallos, te das cuenta de que el fallo surgió al principio. Porque creíste haber encontrado felicidad en unos brazos que estaban vacíos, en unas palabras que no tenían sentido y en una vida que jamás iba a aunarse con la tuya.
Tan solo experimentas real felicidad cuando resucitas, al tercer año. Eres completamente consciente de que, por tu parte, se ha cerrado el primer capítulo de la historia de tu vida. Y, aunque empezar siempre es lo más difícil, y no puedes continuar una historia sin hacer referencia a los capítulos anteriores, sabes que ya no es el principal punto a tratar, y que no volverá a serlo. No ahora, que sabes que tú jamás marcaste un antes y un después en su trama.
sábado, 1 de diciembre de 2012
Rey de reyes.
Cuando las palabras dejan de enunciar la verdad, comienzan a carecer de sentido, y te nublan la vista, destrozan tu equilibrio y condicionan tu existencia. Cuando ya ni siquiera puedes confiar en los actos, todo lo que te rodea comienza a aproximarse a ti, hasta el punto de llevarte por delante como una apisonadora.
En ese momento has perdido la partida, la interminable partida, solo eterna para ti. Te mueves sola por las distintas casillas, intentando hallar una explicación de por qué nada ha salido bien o, al menos, de por qué eres tu quien ha perdido, si has puesto cuerpo y alma en ese maldito tablero. Y, por un segundo, crees encontrar una pequeña grieta en la casilla C5 que te sacará de todo ese caos. Pero cuando estás a punto de llegar, desaparece; y te deja justo como al principio. Sin armas con las que atacar, sin escudos con los que defenderte y sin voz con la que pedir auxilio.
El dolor desaparece, dejando paso a un vacío que te engulle cual agujero negro, y te hace bailar en un vaivén de sinsentidos, como una hoja puede bailar entre el aire otoñal de octubre. Y cuando para el vaivén, vuelve el dolor y te encuentra desorientada, molida, destrozada en todos los aspectos de tu vida; y te gana la partida sin apenas esfuerzo. Aunque intentes resistir. Aunque intentes mantenerte fuerte.
La soledad te inmoviliza, haciéndote creer que es la única que te comprende y que tiene el poder de ayudarte, de aliviarte, de darte vida. Esa vida que crees haber perdido, ese tiempo que has pasado con la mente en blanco y el alma en negro,
intentado evadirte de lo bueno para sumergirte en lo malo, para regodearte en tu impotencia y en tu incapacidad de avanzar sin ayuda; sin su ayuda.
intentado evadirte de lo bueno para sumergirte en lo malo, para regodearte en tu impotencia y en tu incapacidad de avanzar sin ayuda; sin su ayuda.
Si creías haber tocado fondo, pronto te das cuenta de que estabas equivocada: nada es tan malo como parece, porque siempre hay algo peor. Unas simples horas de felicidad se convierten en tiempo suficiente para derribar uno por uno todos los escudos que te han hecho fuerte, dejándote inerme de nuevo, sin unos brazos que quieran o puedan alejarte del frío. Sin alivio, ni consuelo, ni desahogo, ni sosiego. Sin protección. Sin bálsamo para los horrores. Sin descanso.
Un continuo ir y venir de momentos ajados y estropeados que te engullen y te alejan de todo lo grato. Y te dejan sentada, observando fijamente cómo dos personas, inmóviles desde hace años, se sonríen y se entienden. Con solo mirarse. Simplemente con un gesto. Tu cuerpo se desborda, te desborda, y te convierte en un ser inerte mientras convulsionas por dentro. Porque nada adelantaría exteriorizarlo, hacerlo patente, mostrarlo a tu entorno. Prefieres guardarlo; deleitarte en el placer de no existir, perderte en la posibilidad de encontrarte, de encontrarle, y de que él te encuentre; y entonces puedas olvidarlo todo, y volver al principio.
Años después entenderás que no sirvió de nada, que el resurgir no es eterno, que el renacer no es útil, que solo cuando no conoces la devoción eres capaz de evadirla, pero que, una vez que caes en ella, la idolatría se torna en delirio, y crees lo que él quiere que creas, e incluso un poco más.
En ese momento has perdido la partida, la interminable partida, solo eterna para ti. Te mueves sola por las distintas casillas, intentando hallar una explicación de por qué nada ha salido bien o, al menos, de por qué eres tu quien ha perdido, si has puesto cuerpo y alma en ese maldito tablero. Y, por un segundo, crees encontrar una pequeña grieta en la casilla C5 que te sacará de todo ese caos. Pero cuando estás a punto de llegar, desaparece; y te deja justo como al principio. Sin armas con las que atacar, sin escudos con los que defenderte y sin voz con la que pedir auxilio.
Desfalleces, desconfías y vuelves a caer. Como siempre. Como nunca. Como jamás creíste que una persona podría caer. Y te das cuenta de que, si estás ahí, no es por él, sino por ti. Siempre ha sido por ti, y por tu afán de recordar. Entonces entiendes el error de los movimientos de la última partida, y mentalmente vuelves a perder. Y ya no te queda más que callar, porque no hay palabras suficientes para luchar contra uno mismo; porque cuando eres tú el culpable de tu miedo, no hay fuerza en la tierra que pueda salvarte.
La pequeña diferencia entre error y caos.
Me perdí y te encontré. Tanto física como psicológicamente.
Necesité rendirme a la vida para comenzar a comprender qué significaba ser como
tú. Después tuve que olvidarlo para aprender a ser tu sombra, tus pasos, tus
huellas, tu oxígeno y tu razón. Tuve que olvidarme de mí para ser tu “yo”. Y
aquello terminó destruyendo los frágiles cimientos que había construido para mi
integridad.
Entonces la vida frenó en seco e hizo que me diera de bruces
contra la realidad. Todo era distinto a como lo recordaba. Sin embargo, lo peor
era que sabía que nada había cambiado. Quien había cambiado era yo. Única y
exclusivamente yo. Así que ataqué a la cordura hasta que pudo conmigo; y me
inmovilizó contra sus redes para que no pudiera volver a escapar. Y funcionó.
Te perdí y me encontré. De nuevo. Tiritando como el fuego en
pleno invierno. Desnuda. Asfixiada. Muerta en vida. Viva entre tanta muerte. Y
me di cuenta de que aquello que quedaba de mí no era yo. Así que me di la
espalda y me abandoné a mi suerte. Dejándome sola. Perdiéndome de nuevo.
Y aquellos momentos fueron los más gratificantes. Los siete
pecados capitales en un solo cuerpo. Ganando tiempo y perdiendo la vida. Poco a
poco. Sin que nadie me avisara de la abrumadora rapidez con que se acercaba el
final. Poco después todo terminó. Hasta hace unas horas.
Te he encontrado perdiéndome y me he perdido en tu
encuentro. Y ya no sé si hay horas suficientes en la historia para calmar esta
vida que me quema por dentro. Ya no sé si quiero apagarla. Ya ni sé ni entiendo
nada. Sólo que me encontraré si me pides que nos perdamos, y que me perderé si,
aún buscándote, no consigo encontrarte.
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