viernes, 26 de abril de 2013

Si aún me dices ven...


He estado pensando en las horas de vida que me cogiste sin permiso, y he llegado a la conclusión de que voy a cobrártelas en forma de amor. Las cicatrices de mi cuerpo emanan tu esencia y tu despotismo de amor ilustrado en el que lo hiciste todo para mí, pero sin mí. Supiste cómo hacerte dictador insustituible de mis rincones, y tu palabra fue la escuela en la que aprendí el arte de amar el daño y dañar con amor; como en una de esas películas francesas que nunca dejaste que te enseñara; haciéndome ser la más capaz de los incapaces, y convirtiendo todo lo que construimos en un simple juego de niños.

Me has enseñado a desarmar las miradas que quisieron hacerme daño, y a desamar a la gente que lo consiguió. Me he refugiado en ti sin que tú fueras consciente, y tu cuerpo me ha servido tantas veces de templo que te has terminado convirtiendo en mi religión. Te he rezado tantas noches que he perdido ya la cuenta de los años que han pasado, y he olvidado tus ojos y tu voz, pero tu olor aún me sorprende de vez en cuando paseando por las avenidas de mi ciudad.

Sin embargo, sigues inmune a mis ojos, y yo sigo inerme ante los tuyos, que me miran y se ríen de una vida que depende del ciclo de su parpadeo. Pero, para qué nos vamos a engañar, si aún habiendo vivido ebria más noches de las que me gustaría reconocer, aún no he encontrado un brindis mejor que el de tu cuerpo con el mío.

miércoles, 24 de abril de 2013

Momento de reflexión I: Lo de dentro.

Hay momentos en la vida de toda persona en la que uno se plantea si realmente es feliz o si, en parte, se fuerza a serlo. Y, cuando llegas ahí, ¿cómo te contestas? ¿Cómo diferenciar la felicidad real, pura y brutal de la felicidad autoinducida por la necesidad de evadirte de una realidad que no te termina de convencer?

En ese punto, decides dejar que el tiempo campe libre y a sus anchas por tu vida, esperando encontrar a lo largo del camino algo a lo que acogerte; algo que, con solo pensarlo, te haga estar seguro de que en realidad sí que eres feliz. Pero el silencio que tiene la noche te puede, y dejas el dilema para otro momento, uno de esos en los que el afán de autorealización te guía y te lleva justo donde querías llegar. Sin embargo, ese momento nunca llega si no lo buscas, y escapa si no sabes cómo aprovecharlo.

La pregunta a la que quiero llegar es: ¿qué es ese algo que buscamos? ¿Familia? ¿Amistad? ¿Amor? Delimitaré estos conceptos, porque como tres de las grandes cuestiones de la existencia humana, son amplios y subjetivos. Con familia, quiero decir padres y hermanos; con amistad, aquellas personas que, aun sin compartir tus genes, estarían dispuestos a estar contigo bajo cualquier circunstancia; con amor... En fin, ¿quién puede delimitar el amor? ¿Acaso no engloba los dos conceptos anteriores?

Y, tras mucho pensar, caes en la cuenta de la raíz del problema, que es a la vez la solución: amor. Nadie puede ser feliz si no tiene amor. Buscamos ser amados y amar por encima de nuestras posibilidades; buscamos amor igual que nuestro cuerpo busca oxígeno y, cuando nos falta, entendemos el significado de ese "esplín" que nos regaló Baudelaire en sus Flores del Mal; esa desgana, esa desidia, esas ganas de nada y de todo a la vez. Esa fuerza que nos mueve a viajar por nuestro París interior sin mirarnos a la cara.

Fingimos ser felices, y lo fingimos tan bien que conseguimos creernos nuestra propia mentira, sin plantearnos hacia dónde estamos yendo. Pero el tiempo es uno de los primeros sabios, y la vida una de las mayores putas, y no tardamos demasiado en volver al estado del que venimos: el estado de tristeza, de una soledad vital que nos obliga a replantearlo todo, para después volver a empezar el ciclo desde el principio y hasta el final.

Pero si hay amor... ¡Ay, si hay amor! Las horas de silencio dejan de existir, y la noche se hace alegre y aúlla de felicidad. Todo parece cambiar, porque nunca puede ir todo mal si tienes alguien que te ama y a quien amar, porque el amor es algo bueno, algo que te llena y te realiza.

Aunque, claro está, cuidado con perder ese amor; cuidado con intentar estrujarlo más de la cuenta para exprimir todo el zumo, porque el amor se rompe de tanto usarlo, y cuando el amor se rompe te rompes tú con él. Y te incorporas de nuevo a esa breve carrera de obstáculos que es la vida, donde llegar a la meta significa haber perdido para siempre.

Estamos heridos de muerte desde que nacemos; aprovechemos que aún seguimos vivos; busquemos ese pequeño saliente al que sujetarnos si resbalamos; compartamos los miedos, porque un miedo entre dos se convierte en la mitad; pero no dejemos de pensar en si la sonrisa que tenemos es sincera, o si podemos hacer algo por nosotros mismos para intentar que lo sea aún más.

Por último, y parafraseando al gran John Lennon, quiero recordaros (y pedir que nunca nadie lo olvide) que lo único que necesitamos para ser felices es un poco de amor.

martes, 23 de abril de 2013

Capnolagnia.

Su calor comenzó a asfixiarme, y comencé a hiperventilar para compensar la falta de oxígeno que me provocaban sus labios. Poco a poco, muy lentamente, comencé a sentir cómo toda yo me desvanecía progresivamente, convirtiéndome en un gas informe, y mi cuerpo entró en contacto con su lengua, que me acarició de arriba a abajo, de izquierda a derecha, de la piel a las entrañas.

Me convertí en parte de su anatomía, y él se convirtió en un refugio en el que pasar el tiempo, una cueva en la que guarecerme de la intemperie que inundaba el mundo, y que amenazaba con inundarme a mí también. Saboreé cada centímetro del viaje, cada paso, cada parada, cada una de las veces que me hizo suya en aquel segundo que duró el amor. Porque aquello, digan lo que digan, fue amor.

Sin embargo, cuando ya había encontrado un lugar en el que establecerme, un sitio que estaba dispuesta a aceptar como hogar, un espacio solo nuestro que defender con uñas y dientes, decidió echarme de su cuerpo, de su boca y, por último, de su vida. Sin darme tiempo para avisarle de que yo ya había dejado en él algo que haría que me recordara el resto de su vida, aunque fuera inconscientemente. 

Al escapar, me mezclé con el aire y me hice viento. Y el tiempo hizo que terminase desapareciendo para siempre; sin una palabra de adiós, sin una mísera despedida, poseyendo únicamente el recuerdo de la última caricia que me regalaron sus labios. 

lunes, 22 de abril de 2013

Por verte sonreír, he vuelto yo a perder.

Me has tenido entre las yemas de tus dedos más tiempo del que has debido, me has mentido por encima de tus posibilidades y, aún así, sigo intentando tenerte conmigo, traerte a mi lado, que te acuerdes en algún momento de lo que significaba sonreír a la vez, y el por qué de que los domingos se volvieran el mejor día de la semana. Fuimos niños jugando a ser adultos y, como era de esperar, nada acabó bien.

Deja que vuelva a conocerte, que cuando te encuentre por nuestra ciudad me sonrías y recuerdes, y me hagas recordar. Deja que deje de pensarlo, y pase a sentirlo. Deja de mentir, deja de adivinar, de intentar tenerlo todo bajo control. Deja que deje de ser el pasado; conviérteme en el presente; conviértete en el futuro.

domingo, 21 de abril de 2013

Diciembre.

No quiero que me mires y me sonrías, cuando ambos sabemos que ni lo que miras son mis ojos ni lo que sonríe es tu boca. Ha pasado mucho tiempo desde que te vi por última vez; demasiado como para recordar tu voz, pero no el suficiente como para olvidar que tus brazos pasaron una noche entera rodeando mi cuerpo desnudo desde todos los ángulos conocidos y por conocer.

Me hablas como si me conocieras, y me conoces como si hubiéramos hablado desde entonces, pero me vuelvo a perder en unas manos que no me pertenecen, por el simple hecho de que no quieren serme fieles, y yo anhelo en cuerpo y alma que lo sean.

Las palabras se quedan cortas cuando te cruzas en mi rutina, y mis ojos intentan expresar lo que mi garganta es incapaz de decir, pero nunca lo consiguen. Te has quedado colgando de mis uñas, y mi piel se fue contigo para arroparte del frío que revuelve tu ciudad. Tú, sin embargo, decidiste que era mejor dejarme sola, para encontrarme dilucidando entre el ser, el estar y el parecer, más falta de compañía de lo que nunca ha estado una persona. Y eso duele, y duele mucho.

Sin embargo, más duele saber que hagas lo que hagas has pasado a ser una tercera versión de mi vida. La primera ya fue él, que me bailó el agua a su antojo y me hizo ascender y descender como buenamente le convino. Ahora tú apareces y me matas sin tener siquiera esa intención, y yo revivo porque el resto del mundo se me queda pequeño sin tus oportunidades y tus esquivos acertijos.

No quiero que me muerdas el alma si no tienes la intención de engullirla, pero tampoco voy a aceptar un no por respuesta. Si tenerte unas horas significa perderme unos años, adelante, haz conmigo cualquier cosa que te haga feliz, que yo seguiré sentada frente a tu tiempo, mirando como corre sin ser consciente de que el mío depende de ti.

domingo, 14 de abril de 2013

Gracias.

Me has llegado a los ojos centrándote en mis palabras, y tu atención ha vuelto a requerirme. Has querido hacerme reír como quien respira para mantenerse con vida, y lo has conseguido tantas veces como lo has intentado. Mi sonrisa es tuya. Ha sido así desde que me diste dos besos y me dijiste tu nombre. Las seis letras mejor combinadas que han degustado mis oídos.

Me adivinas sin pensarlo y eso siempre ha tenido un cierto toque de magia, pero de magia no voy a hablar cuando has sabido mantenerme a flote a pesar de mí. Has luchado tantas veces en mi contra para salvarme, que cualquier cosa que pueda devolverte será demasiado poco.

No sé si aún me quieres de la misma forma. Yo aún te quiero. Te quiero a mi manera; esa manera que nunca terminaste de entender, pero que aceptaste y recibiste con los brazos abiertos. Te quiero, porque me has enseñado otro significado para esas dos palabras que supera por mucho todo lo que había conocido hasta entonces. Te quiero, porque me has querido cuando ni siquiera yo me quería.

Quiero darte la gracias por enseñarme a conocerme mejor, aunque nunca me leas y casi nunca te escriba, aquí está mi brevísimo agradecimiento, por si algún día de estos te acuerdas de mí.


martes, 9 de abril de 2013

Insomnia.

"Se la llevaron entre tres; 
siempre se vuelve a escapar, 
¿no ves que está mal? 
Y sea cuarta, o quinta vez, 
ella lo vuelve a jurar"

Evadirse de un cuerpo a través de otras manos puede resultar, cuanto menos, mortal. Dejando a un lado la inmoralidad de los lazos que puedan unirme a un colchón, o la sonrisa que se dibuja en todas las almohadas que han besado mi firma, llevar tanto tiempo cuerda está empezando a volverme loca.

Imaginemos un todo que se convierte en nada. Una nada silenciosa, vacía, ausente, triste. Una nada cualquiera, como todas las demás, sin puerta de entrada, sin salida de emergencias, sin una ventana siquiera que deje pasar tu voz y me ayude a respirar; sin contacto con un mundo exterior que lleva desde el principio ofreciéndome su mano para ayudarme a levantar y seguir avanzando. 

Imagíname a mí, observando esa nada que nace, crece y se reproduce en mi pecho, pero que nunca muere. Yo, intentando entrar. Yo, intentando salir. Yo, embarrada hasta las cejas de esa mierda que me has hecho sentir cuando, como y por lo que tú has querido. Yo, buscando algo a lo que agarrarme para saber que es real, que sigo viva, que nada es tan malo como parece. Yo, dándolo por perdido, por imposible, por (des)hecho. 

A continuación, mírame, y dime si esto es lo que algún día conociste, o lo que quisiste conocer, y acepta mis grietas como un fallo de tu maldita y poco elaborada alfarería. Sin sentirte ofendido, ni mirar hacia atrás. Sin regalarme siquiera una palabra que, a tu parecer, nunca he merecido. Sin explicaciones. Sin contacto. Sin remordimientos. Simplemente observa cómo ha degenerado todo lo que empezaste a construir, e interioriza tu proyecto de fortaleza como unas simples ruinas derribadas por tus tormentas. Tus putas tormentas. 

Ahora entiendo lo que querías decir cuando me confesaste que eras bueno en los juegos de estrategia, y asumo esas sesenta y cuatro casillas como sesenta y cuatro razones para desestabilizar una vida y seguir avanzando hacia la siguiente. Te encanta jugar, y te encanta mi manera de suplicar una nueva partida. Aunque nunca te dejes vencer, y yo nunca intente ganar. 

Sin embargo, llega un momento en el que cualquier razón resulta insuficiente (ya sean sesenta y cuatro o algunas más de tres mil), y resulta evidente que, al menos en esta ocasión, mi fin no justifica tus medios.

Ya habías ganado; era innecesario que aceptases mi revancha. 

miércoles, 3 de abril de 2013

Te escribo.

Te escribo desde el humo, desde el más denso y profundo que pueda anidar dentro del alma (y los pulmones), dentro del cerebro, y dentro de todo lo que pueda sentir por ti. Te escribo para perderte, para que nunca lo leas, para que tu vida nunca sea capaz de encontrar tu nombre entre estas líneas. Te escribo casi llorando, casi temblando, casi muerta por no ser capaz de reconocer que tus manos son historias que no incluyen mi nombre; ya no.

Te escribo desde el silencio que me queda sin tenerte, sin tenerte desde el silencio, sin silenciar que te tengo. Perdón. Que ya no te tengo. Te escribo porque sé que nunca llegas, que nunca retrocedes porque nunca te has ido, que te quedas para no volver. Te escribo entre montañas de nada, entre la nada que engendran tus recuerdos, entre el humo de tu piel.

Te escriben mis miedos, mis dudas, mis suertes, mis noches dormidas pensando en conmigo, mis ganas de verte huir del camino del mártir, de tu santa paciencia, de mi santo carmín. Te escribe mi boca porque ya no puede hablarte, porque el dolor te ha mordido más fuerte de lo que lo hizo ella jamás, y eso la ofende. Te escribe mi cuerpo porque dice que no sabe ya cómo tenerte, que tanto ha pasado que ya no recuerda qué fue de tu voz. Te escribo yo, deshecha, desarmada, privada de vida, para decirte que no vuelvas, porque lo que hoy es salud mañana será enfermedad, y porque a lo que está por encima de todo solo le queda la opción de caer. Te escribo para decirte que huyas. Te escribo, básicamente, para pedirte que tú nunca me escribas a mí.

martes, 2 de abril de 2013

Imperativo.

Pongamos que ahora es fácil
ignorar tu olor
cuando me asalta en mitad de una avenida.
Pongamos que tus costados
ya no habitan en mi piel.

Digamos que cuando duermo
ya no me duele que no sea contigo.
Que mis brazos vuelven a abrazar
y mi cabeza descansa en otros hombros
en otros hombres
y ya no te necesita para estar tranquila.
Que ya no quiero ser cartón
en cada una de tus caladas.

Hablemos de cuando te fuiste
y ya no volvimos a vernos.
Hablemos de cuando volviste
sin llegar realmente a mí.
Hablemos de todo
y de nada
como hemos hecho siempre.
Hablemos de cuando mentías
para salvarte de mi tiempo.

Rompamos con lo absurdo,
con lo cruel, con lo mezquino;
con todo aquello que nos separaba
pero nos unía un poco más.

Olvidemos que ha pasado
porque ya no tiene sentido
porque ahora que apenas recuerdo
el color de nuestras sábanas
me resulta mucho más sencillo
avanzar sin recordar quienes éramos.



Obviemos que estoy mintiendo
al igual que siempre obviamos
que nunca me has dicho la verdad.

lunes, 1 de abril de 2013

Llámalo X.

Unos labios rozaron sus caderas y sus ojos se cerraron, apagando el universo. Esa sensación infinita había vuelto a amanecer con la llegada de la noche, y si nunca había sido capaz de pararla, aquella vez no iba a ser una excepción.

Todas y cada una de las células de su cuerpo se estremecieron al contacto de unas manos extrañas que recorrían su cuerpo como si lo conocieran mejor que ella misma, como faros que deambulan por las vías de una autopista buscando un destino cuanto menos incierto.

El corazón le bombeaba hasta casi suplicar que lo sacaran de aquel pecho que, momentos antes, había estado habitado por unos ojos que anhelaban consuelo. Su consuelo.

El éxtasis se le subió a las pestañas, impidiendo con su peso que aquellos ojos, carentes ya de norte, de sur y de dirección, se abriesen de nuevo.

Sus manos pedían auxilio para soportar el peso de la huida de tanta tristeza, que escapaba despavorida de aquel espectáculo tan inusual. Sus dedos buscaban cobijo, sus uñas buscaban desahogo y sus manos, en general, buscaban una piel a la que arrancar algún que otro susurro esporádico que le asegurase que no era cosa suya, que la piel de gallina era cosa de dos. De ellos dos.

Cuando todo empezaba a nublarse, su boca comenzó a demandar unos dientes que la sujetaran, que la mordieran, que no dejaran salir tanto calor en formato grito. Pero fue imposible. La ayuda llegó demasiado lenta, demasiado pobre, demasiado tarde, y un gemido más parecido a un ronroneo rompió el silencio que hasta entonces solo había roto el colchón.

Se desplomó sobre sus dudas, rompiéndolas todas a una sin esfuerzo alguno, y decidió que aquella noche las estrellas no tendrían tanta luz; total, con sus ojos podía hacer la competencia a todas las constelaciones de la vía Láctea.

Solo una preocupación fue capaz de interrumpir ese momento, haciendo que sus mejillas cambiasen de color y la hicieran susurrar, como llevada por el momento, un simple:

- Mierda, ¿qué van a pensar los vecinos?