lunes, 27 de mayo de 2013

Fin.

Fue la vuelta más larga desde tu casa a la mía, pero supongo que debía tomarme mi tiempo para tragarme tantas emociones que yo sola me había empeñado en edificar. En mitad del amor me di cuenta de que tu ya amabas otro cuerpo, que tu piel tenía tatuado en letras mayúsculas el tacto de otras manos, y mi cuerpo se dio cuenta de que el tuyo jamás fue ni será para él.

La ilusión se desvaneció con el humo de una vela, y las manos que estrechaban mis caderas estrechaban, a la vez, mi esperanza, con una fuerza inversamente proporcional a la que empleabas para hacerme gritar tu nombre. Tu tacto ya no era el mismo, y en tus ojos reconocí un miedo tan real como el que solo he visto una vez, en esos ojos que son míos desde el primer momento en que me miraron, cuando se sabían a punto de hacerme daño.

Un semáforo a punto de negarme el paso me gritaba continuamente un "quiero, quiero, quiero", y la ironía del momento me hizo decelerar aún más el paso. Tanto quiero y tan poco puedo en un solo cuerpo nunca pudieron ser buenos.

Pero el final de un cigarro hecho mal y pronto justo antes de la despedida me indicó que había llegado el momento de intensificar la marcha y volver a casa; no me quedaba nada más que hacer en aquel lugar.


Y, ahora, explícame si puedes qué coño significa la tristeza que duerme esta noche conmigo ocupando tu lado de la cama.

domingo, 26 de mayo de 2013

Paths.

Créeme que me da pena adivinarte en esa sonrisa, sabiendo que la noche anterior has sido el motivo de la mía. Nuestra historia, más que casualidad, se basa en una causalidad bastante infame, blasfema y con algunos tintes psicopáticos; así que supongo que, cuando me buscas o apareces a mi encuentro, eres perfectamente consciente de que estaré allí, cuando y como tú digas, y que el asiento de mi derecha siempre estará libre si eres tú quien necesita un lugar donde descansar del mundo; del resto del mundo.

Me da pena buscarte y encontrarte en unos años que te quedan bastante lejos, malgastando su tiempo igual que malgastas el mío, y malgastando tú la vida que te toca vivir. Nos hablas de confianza, de promesas y de caminos que has de seguir inexorablemente, porque de ellos depende tu felicidad y tu integridad; pero te pierdes en el primer desvío, y tienes que volver la vista atrás para saber por dónde has llegado hasta ahí.

Y ese atrás, ese camino andado, esos adoquines pisados y ese aire inspirado y espirado; ese tiempo que has pasado caminando; esos lugares que ahora son recuerdos; esos paisajes y esos descansos; todo ese pasado, soy yo.

Pero a mí ha empezado a dolerme demasiado servirte como brújula para que encuentres tu camino. Ya no me parece divertido ser la estación de servicio donde paras a tomar un descanso para luego poder seguir adelante. Ya no me reconforta poder hacerte feliz, ni ser la página que no terminas de pasar porque tiene demasiado contenido dentro de sí. Necesito algo más; necesito, al menos, ser el próximo destino, aunque luego el rumbo varíe y vuelvas a desviarte, dejando mi camino a la izquierda, como el cero sin valor ni significado que todo el mundo descarta.

Por eso quiero decirte que no te sorprendas si algún día, en mitad de un despiste, te encuentras aturdido y no sabes dónde acudir, porque las señales que te recuerdan el camino que ya has hecho han desaparecido. Tranquilo; no se habrán ido del todo. Digamos, simplemente, que la maleza ha crecido demasiado y las ha ocultado a tus ojos. Solo será cuestión de buscar, de esforzarse un poco. Porque las señales, seamos sinceros, están ancladas al suelo que sujeta tus pies, y como seres inertes son incapaces de desaparecer si no eres tú quien las arranca y se deshace de ellas. Y tú eres demasiado inteligente como para echar por tierra las pocas oportunidades de volver al lugar del que partiste.

Sigue avanzando, pero nunca olvides los adoquines que has pisado, porque gracias a ellos has podido llegar hasta donde estás.

sábado, 25 de mayo de 2013

Querida yo del futuro:


Espero que sigas viva y que puedas leerme desde la tranquilidad. Espero que nuestra especie no se haya encargado de destruir lo poco que quedaba del mundo que se nos confió.

Te escribo a ti, porque escribir a nuestra yo del pasado no surte efecto. Créeme, lo he probado varias veces, y hace caso omiso a los consejos que le doy; al igual que haría yo si tú me escribieses para decirme qué debo hacer con mi vida. Pero, aceptémoslo: a nadie le gusta recibir consejos del futuro; preferimos aceptar los del pasado.

Sin embargo, como sé que te reirás si intento enseñarte algo, no tengo la intención de darte ningún consejo ni ninguna lección de vida en esta carta. Se trata de un comunicado informativo, que tiene como finalidad remover algo en tu estómago y que la nostalgia te gane la partida, pero de manera positiva. Te escribo para recordarte, por si la situación ha cambiado cuando leas esta carta, que soy feliz.

Estoy pasando los últimos días del primer año de universidad en casa, en Jaén, y ayer estuve en un concierto que Love of Lesbian dio en Kharma; fue genial. Esta tarde estoy sola en casa porque mamá y papá se han ido al campo a arreglar unas últimas cosas antes de que podamos ir allí a pasar el verano.

Papá sigue teniendo esos pequeños ojos azules que te miran directamente al alma, y mamá tiene un brillo en la sonrisa que la hace estar más guapa que nunca. A pesar de todo lo que han pasado, papá sigue sabiendo hacer reír a mamá, y ella ha aprendido la mejor manera de devolverle la sonrisa: estar con él. Espero que ese sea también el recuerdo que tú guardas de ellos.

Desirée sigue viviendo en Londres, lleva allí cerca de dos años. La echo de menos; no la veo desde que estuvimos la última vez en Cádiz, el pasado agosto, y se fue algo antes de la cuenta. Pero me ayuda con todo lo que le pido, y dice que allí, con Sergi, es feliz. De Isaac no puedo decirte demasiado, solo que vive con Sara en Martos y se les ve contentos juntos. Sara es buena, e Isaac está aprendido a ser bueno como ella.

Maribel ya no está con Pepe, han decidido seguir por caminos separados, y sus hijos lo aceptan. Sole trabaja ahora en casa; e Iker crece a una velocidad sorprendente, un mes parece un año, y es una esponja que aprende todo lo que se le dice.

Yo, por mi parte, tampoco tengo demasiado que contar. No tengo todo lo que quiero, pero sí todo lo que necesito, y supongo que eso es más de lo que muchísima gente puede decir. Tú mejor que nadie sabrás qué tal me encuentro del corazón, y sabrás el desenlace de todo lo que yo estoy comenzando, así que eso es algo que prefiero guardar solo para nosotras.

No espero carta de vuelta, porque sé que no podrás enviarla a tiempo. Además, saber qué es de tu vida me asusta a la par que me inquieta. No quiero saber cómo será el futuro que me toca vivir, porque lo adivino ciertamente repulsivo. Espero equivocarme.

Te mando recuerdos, de parte de todos, y un fuerte abrazo para tu familia.

Siempre tuya,
Nerea.

PD: Adjunto una foto de hace dos años, no tengo otra más reciente de toda la familia.




martes, 21 de mayo de 2013

Se va... se fue.

Recuerdo cuando en mitad de la noche despertabas asustado, en busca de mi aire, y yo te tranquilizaba lanzando sonrisas al techo que tú recibías cuando yo ya me había marchado. Recuerdo cómo se quejaban los muelles de tu cama cuando me ponías contenta, devolviéndome los sueños en forma de una batalla cuerpo a cuerpo casi tan literaria como literal.

Recuerdo que alguno de los dos, en algún momento, prohibió la música, porque no había melodía más bella que la del vaho de las ventanas cuando susurrábamos nuestro nombre. Nuestro. Solo uno. Porque tu nombre era mi vida, y mi nombre era tu cuerpo.

Pero, sin saber cómo, te volviste impermeable a mis manos, y ya no buscabas mi aire, ni te tranquilizaban mis sonrisas, ni los muelles de tu cama volvieron a mirarme con mala cara. Tampoco hubo más batallas, y la música sonaba alta, inundando las calles y el silencio, más estridente y molesta que nunca. Pero lo que nunca desapareció fue el vaho de las ventanas; y es curioso, porque hoy en día ya no soy capaz de llevar la cuenta de cuántos ojos han visto el cielo a través de esos cristales.

Momento de reflexión II: Lo de fuera.

Al igual que yo, habrás podido comprobar que sigo en cada guiño inesperado en la oscuridad de un bar. He aprendido a ser sombra en la luz y frío en el calor, para continuar siendo esa cara que buscas de manera inconsciente cuando caminas por las calles de la que fue nuestra ciudad.

Seguirás buscando mi olor en cualquier paso de cebra; seguirás arrugando otras sábanas; seguirás dibujando mi cuerpo sobre otras espaldas, intentando no ser consciente de que en todo ese juego me abrazas a mí, aunque ya no esté.

Una vez al año, seguirás preguntándote qué estaré haciendo, cómo me encontraré, cómo me estará tratando la vida, y vendrás directamente a mí para hablar de nada, con esas palabras huecas que lo dicen todo. Seguirás arañando el recuerdo, para ser lo que nunca quisimos que fueras.

Ese será el resto de tu vida; como cuando una herida no termina de cicatrizar, y con cada pequeño roce vuelve a dejar emanar la sangre. No hablo de falta de amor, hablo de necesidad de olvido. Hablo de que, aún hoy, el recuerdo me abraza cada noche por la espalda y me da las malas noches de soñar sin ti.

domingo, 19 de mayo de 2013

Un poco de Sur para poder ver el Norte.

Dices que te extraña mi manera de mirar, porque cuando te miras desde mis ojos ves un mundo que no representa al tuyo. Ven, que te enseño a observar desde la risa y a reír desde el desconsuelo, donde descansa el quejío rasgado de la tierra que me ha dado vida y que me verá morir.

Estas a unas pocas horas de ser partícipe de mis gemidos (llamémoslos tan), de los tuyos (llamémoslos tin), de los nuestros (llamémoslos tian), y del posticeo postrero de dos cuerpos que se anhelan como mano derecha a mano izquierda, y nunca viceversa. Estás a minutos de la soleá que deambula por la noche gaditana que confundes con mis olivares, que te coge y ya no te suelta hasta que no está segura de que no la vas a olvidar. 

Has vivido tan lejos de las noches en vela que no eres consciente de que, en el lugar de donde yo vengo, los bailes tienen carita de pena y las canciones se gritan llorando, porque es la única forma de partir un alma sin dañar el cuerpo. 

Acompáñame, que mis labios te enseñarán el sabor de la sal y mis manos rasgarán tu ropa como cuerdas de guitarra; que prometo quitarme el vestido a compás de bulerías, y bailarte seguidillas hasta quitarte el sueño, para después dormirte con la nana de mi cuerpo sobre el tuyo, acompañada, como siempre, del repiqueteo de tus dedos sobre el cajón flamenco del final de mi espalda. 

Alimenta mi cama, que yo a cambio te alimentaré de una cultura que ha dado vida y abrigo a las mejores palabras del idioma; que tu nombre ya conoce las calles de mi tierra, y tu recuerdo ha pasado demasiado tiempo descansando en la falda de mi montaña. 

Ven al sur, acaricia sus costas, desviste su interior, besa unos labios que harán arder los tuyos, y olvida, después, que existe vida más allá de sus fronteras, como hacemos todos cuando estamos dentro; como quien está en casa viendo llover fuera. Cógeme la mano, que yo te enseño Andalucía por dentro, en un estudio exhaustivo de su gente y sus colores, y de cómo se baila con las sábanas pegadas al cuerpo. 

Y, ah, una última cosa: no hagas maletas, no traigas equipaje; no te va a hacer falta allá donde te llevo.

domingo, 12 de mayo de 2013

Una flor para un capullo (I).

Raluca anduvo un largo rato por un pequeño sendero que se veía desde la ventana de su nuevo hogar. Llevaba allí poco tiempo, y apenas le había dado tiempo a investigar qué había por los alrededores, así que aprovechando una noche de tranquilidad, decidió emprender una marcha campestre. 

En el tiempo que duró aquel paseo, Raluca vio las plantas más maravillosas que había visto en su vida. Aquel sendero la estaba haciendo sentir algo que jamás había llegado siquiera a imaginar: unidad con la naturaleza, empatía con todos los seres vivos que la rodeaban, relajación, familiaridad. No sabía si el mérito debía otorgárselo a la belleza de las plantas o a la cantidad ingente de ellas que se distribuían aquí y allá, llenando casi todo el camino y, en ocasiones, llegando incluso a obstruirle el paso. 

No era la primera vez que Raluca veía plantas; por supuesto que no. Aunque era una chica de ciudad, había estado muy habituada al senderismo en su tiempo libre, y a disfrutar a cada segundo el aire fresco y saludable que aportaba el paisaje rural. Sin embargo, aquello parecía haber salido de otro mundo. No sabía que tanta hermosura pudiera caber en un solo sendero. 

Sin embargo, tras algún tiempo andando, dedicándose a contemplar las plantas (en ocasiones con algo de detenimiento, y otras veces con un simple vistazo rápido), Raluca se percató de que ni sabía dónde conducía el camino que había tomado, ni sabía dónde se encontraba en ese momento. Aunque, pensándolo bien, era imposible que hubiera andado más de cinco minutos, por lo que aún estaba a tiempo de volver sobre sus pasos y no tener que pedir ayuda para llegar a casa sin problema alguno. 

Justo antes de volver la espalda al lugar al que estaba mirando, vio una pequeña florecita azul que destacaba, como iluminada por un pequeño foco de luz natural, entre el resto de la maleza. Era una flor, una flor azul que la reclamaba desde un pequeño hueco en el suelo. Raluca hizo el amago de cogerla, pero ese día ya estaba bastante sobrecargada de plantas y naturaleza y, además, ¿qué pasaría si tenía bichos? Así que, justo cuando iba a dar la vuelta sobre sus talones para volver el camino que llevaba andado, vio cómo un pequeño pájaro se acercaba a la flor azul, con la intención de comérsela. Como efecto de un acto reflejo, Raluca se agachó y cogió la florecilla, orgullosa durante un segundo de su rapidez, y de haber salvado aquella pequeña joya de la naturaleza de una muerte segura. 

No obstante, la alegría no duró demasiado. Raluca tardó menos de un segundo en percatar un pequeño pinchazo en su dedo índice y, posteriormente, aunque no con demasiada diferencia de tiempo, sintió lo propio en el dedo pulgar. Aquella maldita florecita, a pesar de su aspecto, tenía espinas, y ella había estado tan centrada contemplando la belleza de la flor que había ignorado por completo las espinas del tallo.

Continuará...

lunes, 6 de mayo de 2013

Punto de no retorno.


Te hablo de la tristeza que queda después de que la ilusión decida abandonarte, de esa tristeza que queda como vestigio de un sueño que ha sido cumplido. Quiero hablarte de lo que se siente al mirarte en unos ojos y no verte reflejada, al mirar un futuro al que no has sido invitada. Quiero que comprendas lo que es estrechar unas manos que no anhelan las tuyas, y lo que es abrazar un cuerpo que sabes que no va a extrañarte en cuanto dobles la esquina.

Te hablo de conversaciones forzadas, de tiempos de espera demasiado largos, de esfuerzo sin recompensa. Quiero hablarte de la sensación que te invade cuando te das cuenta de que el futuro más próximo está calculado al milímetro, y que no hay nada que puedas hacer para que eso cambie. Quiero que comprendas que perderme al encontrarte no fue mi elección, sino una broma pesada de la falta de cariño y las horas sin vivir en mí.

Te hablo de mí, porque de ti no sé nada; y no hablo de nosotros porque tú jamás permitirías que eso sucediera.

Tú, en cambio, me hablas de lo fácil que es ser feliz, de lo efímero de la juventud, de las fuerzas que te sobran, y de un deseo esporádico de ser partícipe de un acuerdo que te proporcione amor en pequeñas y continuas dosis.

Cuando yo he andado lo suficiente para llegar al borde de un acantilado que asegura mi fin, tú ni siquiera has comenzado la marcha. Y ese es el punto al que quiero llegar.

El punto son tus ojos, que me sonríen aunque tu boca no lo quiera; y tus besos, que solo me encuentran cuando me quieren despedir. El punto eres tú sobre mí, yo sobre ti, y esa triste historia que dibuja el sudor de nuestras espaldas sobre las sábanas de tu cama.

El punto es el brillo con el que me miras cuando estás a punto de mentir, haciéndome creer que el amor es tan sencillo como conocer a alguien en la barra de un bar y perderte entre sus dedos para el resto de tu vida.