domingo, 21 de abril de 2013

Diciembre.

No quiero que me mires y me sonrías, cuando ambos sabemos que ni lo que miras son mis ojos ni lo que sonríe es tu boca. Ha pasado mucho tiempo desde que te vi por última vez; demasiado como para recordar tu voz, pero no el suficiente como para olvidar que tus brazos pasaron una noche entera rodeando mi cuerpo desnudo desde todos los ángulos conocidos y por conocer.

Me hablas como si me conocieras, y me conoces como si hubiéramos hablado desde entonces, pero me vuelvo a perder en unas manos que no me pertenecen, por el simple hecho de que no quieren serme fieles, y yo anhelo en cuerpo y alma que lo sean.

Las palabras se quedan cortas cuando te cruzas en mi rutina, y mis ojos intentan expresar lo que mi garganta es incapaz de decir, pero nunca lo consiguen. Te has quedado colgando de mis uñas, y mi piel se fue contigo para arroparte del frío que revuelve tu ciudad. Tú, sin embargo, decidiste que era mejor dejarme sola, para encontrarme dilucidando entre el ser, el estar y el parecer, más falta de compañía de lo que nunca ha estado una persona. Y eso duele, y duele mucho.

Sin embargo, más duele saber que hagas lo que hagas has pasado a ser una tercera versión de mi vida. La primera ya fue él, que me bailó el agua a su antojo y me hizo ascender y descender como buenamente le convino. Ahora tú apareces y me matas sin tener siquiera esa intención, y yo revivo porque el resto del mundo se me queda pequeño sin tus oportunidades y tus esquivos acertijos.

No quiero que me muerdas el alma si no tienes la intención de engullirla, pero tampoco voy a aceptar un no por respuesta. Si tenerte unas horas significa perderme unos años, adelante, haz conmigo cualquier cosa que te haga feliz, que yo seguiré sentada frente a tu tiempo, mirando como corre sin ser consciente de que el mío depende de ti.

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