lunes, 26 de agosto de 2013

Paralelismos.

Me sorprendí en las horas más bajas de la noche preguntándome a mí misma cómo me gustaría morir. Por suerte, llevaba años preparándome para ofrecer una respuesta inmediata y contundente, y de mis labios salió una palabra que zanjó por fin la conversación: «durmiendo». Sí, me gustaría morir durmiendo. No hay muerte más dulce, afirman algunos poetas, que aquella que nos alcanza mientras soñamos. Vivimos de sueños, así que ¿por qué no morir en ellos?

El paralelismo llegó fácil cuando, una vez más a lo largo de aquel minuto, vino a mi cabeza el pensamiento recurrente con el que he vivido y viviré. ¿Qué pasa con el amor? ¿Cómo llega? ¿No es acaso, al igual que la muerte, más dulce cuanto más inesperado? Que llegue, te alcance y te pille en un durmiendo emocional; y que, cuando te despiertes del sopor, renovado del cansancio, te encuentres de repente con que está ahí, con que ha llegado y ni siquiera te habías dado cuenta; y ya no puedes hacer nada para evitarlo.

Supongo que es así como pasa a veces, tan sencillo y tan de repente que solo alcanzas a asimilar la realidad cuando ya está casi tocando su fin. Supongo que es así como sucedió, y como, poco después, se suicidó el amor, despeñado barranco abajo en busca de una muerte que le diera de nuevo ese sueño eterno que había venido buscando.

Pero la consciencia no me dio para más de dos minutos de reflexión intensa acerca del amor y la muerte. Y cuando mis parpados al fin se juntaron, todo quedó en penumbra y ya no supe ni siquiera dónde estaba. Y ya no me importaba morir. Y tampoco me importaba enamorarme.