Me convertí en parte de su anatomía, y él se convirtió en un refugio en el que pasar el tiempo, una cueva en la que guarecerme de la intemperie que inundaba el mundo, y que amenazaba con inundarme a mí también. Saboreé cada centímetro del viaje, cada paso, cada parada, cada una de las veces que me hizo suya en aquel segundo que duró el amor. Porque aquello, digan lo que digan, fue amor.
Sin embargo, cuando ya había encontrado un lugar en el que establecerme, un sitio que estaba dispuesta a aceptar como hogar, un espacio solo nuestro que defender con uñas y dientes, decidió echarme de su cuerpo, de su boca y, por último, de su vida. Sin darme tiempo para avisarle de que yo ya había dejado en él algo que haría que me recordara el resto de su vida, aunque fuera inconscientemente.
Al escapar, me mezclé con el aire y me hice viento. Y el tiempo hizo que terminase desapareciendo para siempre; sin una palabra de adiós, sin una mísera despedida, poseyendo únicamente el recuerdo de la última caricia que me regalaron sus labios.
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