Hay personas que son pura heroína; y ella lo era en todos
los sentidos. La primera vez que la besé supe que ya nunca probaría otros
labios sin pensar en los suyos. Lo mismo me pasó con su voz, con su piel, con
su pecho y con cada milímetro de vida que fui capaz de robarle.
Al principio nada parecía fuera de lo común. Éramos
estáticamente felices, con una relación sin futuro que no llevaba a ningún
lugar, pero que nos llenaba tanto que nos hacía olvidar que la vida consiste en
avanzar. Sin embargo, ¿quién quiere avanzar si debajo de unas sábanas
encuentras todo lo que el mundo puede ofrecerte?
Además, estaba el tema de sus ojos. Sus benditos ojos. Nunca
ha existido océano más profundo, ni droga más adictiva. Nunca un laberinto ha
hecho perderse a tantos hombres. Yo viví el milagro de verlos abrirse algunas
mañanas, y fui yo quien los besó una y mil veces cuando la duda tenía el valor
de asomarse a sus pestañas.
Aún no sé por qué se fue. No sé qué pudo ir tan mal (o tan
bien) como para hacerla huir. No teníamos nada, y para mí era suficiente.
Supongo que ella buscaba algo más que mi tiempo. Supongo que esperaba que le
hiciera esa promesa que todas las mujeres quieren oír… pero se cansó de
esperar.
Ahora soy yo quien espera. Espero que regrese. Ahora ya sé
lo que tengo que prometer. He repetido la misma frase en mi cabeza cientos de
veces al día, hasta que ha dejado de tener sentido. Solo tendría que volver a
verla; simplemente tendría que tenerla delante. Solo necesitaría dos segundos
de su tiempo; los dos exactos segundos que tardaría en tomar aliento y decirle:
“voy a quedarme contigo”.
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