No sé si aún recuerdas lo que era mirarnos a los ojos y
vernos estallar. Más de una vez se nos alinearon los planetas al paso y los
noticiarios se alarmaron por una “inexplicable” ráfaga de luz que iluminaba
toda la ciudad. Ante todo esto, no nos quedaba otra que reír y mantener en
secreto el por qué de tanta euforia.
Lo hacíamos tan bien que los vecinos se encendían un cigarro
en honor al cabecero de nuestra cama. Nuestra. Aquella bendita cama que nos
daba refugio los días de lluvia y sabía enfriar cualquier calentón. Aunque,
seamos sinceros, esa cama era única porque nosotros lo quisimos así.
Mentiría si dijera que los parques nunca nos vieron sonreír
a quemarropa, o que sabíamos contenernos las ganas en las noches andaluzas. La
calle siempre era un buen sitio para comenzar un tango, y dónde terminaba el
baile era solo cuestión de azar.
Nos movíamos por el tablero como si estuviéramos en casa; te
convertiste en ganador indiscutible de todos los torneos de ajedrez entre mis
piernas. Te comías una y contabas veinte, aunque el juego no fuese así. Pero,
ya sabes lo que dicen… “nuestra casa, nuestras reglas”.
Y así pasó el verano más difuso de nuestras vidas. Aún hoy
nos sonrojamos cuando echamos un momento la vista atrás y nos vemos quitándonos
el frío en un iglú dentro del salón.
Pero ambos hemos crecido. Ya no hace tanto frío en el Polo
Norte, ni tanto calor los días de verano. Los ventiladores hace tiempo que
fueron sustituidos por aires acondicionados industriales y aburridos; y nuestra
casa ya no es mía, ahora es vuestra.
Supongo que es así como acaban las cosas; de repente, para
que duelan menos. No hubo despedida porque no era necesaria: ninguno habría
sido capaz de decir definitivamente adiós. Pero si ha quedado algo de nosotros,
espero que haya sido en alguna de las cuatro esquinas de la cama.
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