domingo, 20 de octubre de 2013

The same old song.

No sé si aún recuerdas lo que era mirarnos a los ojos y vernos estallar. Más de una vez se nos alinearon los planetas al paso y los noticiarios se alarmaron por una “inexplicable” ráfaga de luz que iluminaba toda la ciudad. Ante todo esto, no nos quedaba otra que reír y mantener en secreto el por qué de tanta euforia.

Lo hacíamos tan bien que los vecinos se encendían un cigarro en honor al cabecero de nuestra cama. Nuestra. Aquella bendita cama que nos daba refugio los días de lluvia y sabía enfriar cualquier calentón. Aunque, seamos sinceros, esa cama era única porque nosotros lo quisimos así.

Mentiría si dijera que los parques nunca nos vieron sonreír a quemarropa, o que sabíamos contenernos las ganas en las noches andaluzas. La calle siempre era un buen sitio para comenzar un tango, y dónde terminaba el baile era solo cuestión de azar.

Nos movíamos por el tablero como si estuviéramos en casa; te convertiste en ganador indiscutible de todos los torneos de ajedrez entre mis piernas. Te comías una y contabas veinte, aunque el juego no fuese así. Pero, ya sabes lo que dicen… “nuestra casa, nuestras reglas”.

Y así pasó el verano más difuso de nuestras vidas. Aún hoy nos sonrojamos cuando echamos un momento la vista atrás y nos vemos quitándonos el frío en un iglú dentro del salón.

Pero ambos hemos crecido. Ya no hace tanto frío en el Polo Norte, ni tanto calor los días de verano. Los ventiladores hace tiempo que fueron sustituidos por aires acondicionados industriales y aburridos; y nuestra casa ya no es mía, ahora es vuestra.


Supongo que es así como acaban las cosas; de repente, para que duelan menos. No hubo despedida porque no era necesaria: ninguno habría sido capaz de decir definitivamente adiós. Pero si ha quedado algo de nosotros, espero que haya sido en alguna de las cuatro esquinas de la cama.

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