Vuelvo de nuevo, como siempre. En este tiempo he sido incapaz de no someterme al paso de los días, al llegar de nuevos reencuentros, a la acogida de unos brazos que me abrazan sin estar. Me sobrecoge el calor de las despedidas; me abruma la soledad de las bienvenidas. Llego yo, otra vez. Vuelvo a sus vidas llenas y a sus espacios vacíos; me meto entre las enredaderas que componen la complejidad de sus quehaceres, y ellos me dejan hacer, como quien anda por su casa, como quien quita y pone sin más explicación que un simple "quería estar contigo".
Nunca menosprecies el poder de los reencuentros. No debes huir de tu hogar; de hecho, aunque lo intentes no vas a poder. El hogar no es un sitio fijo, es un estado de ánimo que te mece cuando tienes sueño y que te echa un cubo de agua fría cuando tienes que despertar.
Siempre vuelvo, y creo que puedo afirmar sin miedo a equivocarme que siempre querré volver. Ellos son las primeras hojas caducas del otoño, y el primer grado bajo cero del invierno; pero también son hierba en primavera y calor en verano. Son todo lo que tengo y todo lo que puedo llegar a ser.
Ellos son muchos; más de los que me gustaría aceptar; y son míos. Míos por derecho, míos por tiempo y míos por cercanía. Son casi tan míos como suya soy. Y nunca querré escapar de ellos, igual que nunca querría escapar de un lugar al que pueda llamar hogar.
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