Ha amanecido un día precioso, y sigo estando sola. Sin
embargo, hay algo que ha cambiado con respecto al resto de los días. No importa
cuánto tiempo pase, ni cuanta energía pierda, ni cuántas veces tenga que
llorar; porque sé que tengo alguien en quien esconder mi cabeza e
hiperventilar.
Están ahí, escondidos detrás de cada error que esté
dispuesta a cometer, para aparecer, abrazarme y susurrarme los “te lo dije” más
dulces del mundo. Están por todas partes; por todos los rincones del país al
que odio, reteniendo en cada frontera mis miedos para que nunca tenga que
enfrentarme sola a ellos.
Sufro un pánico casi inconcebible al optimismo, pero hace
tiempo que me siento en casa, esté donde esté, porque sé que ellos están
conmigo. A veces se van, a veces deciden que no pueden hacer nada conmigo; a
veces, incluso, han llegado a odiarme. Pero lo importante es que terminan
volviendo, y me vuelven a querer una vez más, como si durante el resto de su
vida no pudieran sentir otra cosa por mí que la necesidad de saber que les
necesito.
Así son ellos, y así soy yo cuando están conmigo. Por eso
hoy hace sol, y por eso estoy segura de que, si hoy tuviera que llorar, solo
podría ser de felicidad. Porque están aquí, y allí, e incluso más allá, pero
todos viven a mi lado.
La verdad es un virus que te mata mirándote a los ojos, y a nadie le gusta morir; pero la mentira… La mentira es la máquina que hace que te bombee el corazón después de haber muerto. Y ellos saben que prefiero que me maten a que me quiten la vida.
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