Hemos hecho girar al mundo más deprisa de lo que giran las manecillas de nuestros relojes. Me has encontrado abrazada a tus mañanas en un sofá desvencijado que amenazaba con ceder ante nuestro peso. He olido mi pasado en tu cuello, y te he besado hasta borrar de tu piel todo rastro de ternura.
Hemos empañado cristales en autovías y hemos empujado nuestras ganas cuesta arriba, para lanzarnos por la pendiente y ser capaces de volver a arrancar. Nos han dado las tantas esperando un poco de paz, y hemos reído con las letras de tu nombre en labios de los míos.
Mis ojos morados te culpan por el insomnio que los causa, y es que he soñado menos contigo de lo que habría cabido imaginar. Y por eso precisamente te escribo algo que se que no leeras, porque no se como decirte que dormir no es sinónimo de soñar, igual que reír no es sinónimo de amar.
Pero quién soy yo para decidir por mí; quién puedo llegar a ser para decir qué debo y qué no debo hacer. Cuestión de cuestionarlo, de encuestar a las sabanas que nos han dado abrigo y preguntarles si realmente creen que lo que vieron fue amor. Y seguir confiando en el tiempo, que nunca me ha fallado. Tiempo... Quizá sea cuestión de eso, simplemente. Quizá haga falta tiempo.
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