En el tiempo que duró aquel paseo, Raluca vio las plantas más maravillosas que había visto en su vida. Aquel sendero la estaba haciendo sentir algo que jamás había llegado siquiera a imaginar: unidad con la naturaleza, empatía con todos los seres vivos que la rodeaban, relajación, familiaridad. No sabía si el mérito debía otorgárselo a la belleza de las plantas o a la cantidad ingente de ellas que se distribuían aquí y allá, llenando casi todo el camino y, en ocasiones, llegando incluso a obstruirle el paso.
No era la primera vez que Raluca veía plantas; por supuesto que no. Aunque era una chica de ciudad, había estado muy habituada al senderismo en su tiempo libre, y a disfrutar a cada segundo el aire fresco y saludable que aportaba el paisaje rural. Sin embargo, aquello parecía haber salido de otro mundo. No sabía que tanta hermosura pudiera caber en un solo sendero.
Sin embargo, tras algún tiempo andando, dedicándose a contemplar las plantas (en ocasiones con algo de detenimiento, y otras veces con un simple vistazo rápido), Raluca se percató de que ni sabía dónde conducía el camino que había tomado, ni sabía dónde se encontraba en ese momento. Aunque, pensándolo bien, era imposible que hubiera andado más de cinco minutos, por lo que aún estaba a tiempo de volver sobre sus pasos y no tener que pedir ayuda para llegar a casa sin problema alguno.
Justo antes de volver la espalda al lugar al que estaba mirando, vio una pequeña florecita azul que destacaba, como iluminada por un pequeño foco de luz natural, entre el resto de la maleza. Era una flor, una flor azul que la reclamaba desde un pequeño hueco en el suelo. Raluca hizo el amago de cogerla, pero ese día ya estaba bastante sobrecargada de plantas y naturaleza y, además, ¿qué pasaría si tenía bichos? Así que, justo cuando iba a dar la vuelta sobre sus talones para volver el camino que llevaba andado, vio cómo un pequeño pájaro se acercaba a la flor azul, con la intención de comérsela. Como efecto de un acto reflejo, Raluca se agachó y cogió la florecilla, orgullosa durante un segundo de su rapidez, y de haber salvado aquella pequeña joya de la naturaleza de una muerte segura.
No obstante, la alegría no duró demasiado. Raluca tardó menos de un segundo en percatar un pequeño pinchazo en su dedo índice y, posteriormente, aunque no con demasiada diferencia de tiempo, sintió lo propio en el dedo pulgar. Aquella maldita florecita, a pesar de su aspecto, tenía espinas, y ella había estado tan centrada contemplando la belleza de la flor que había ignorado por completo las espinas del tallo.
Continuará...
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