Recuerdo cuando en mitad de la noche despertabas asustado, en busca de mi aire, y yo te tranquilizaba lanzando sonrisas al techo que tú recibías cuando yo ya me había marchado. Recuerdo cómo se quejaban los muelles de tu cama cuando me ponías contenta, devolviéndome los sueños en forma de una batalla cuerpo a cuerpo casi tan literaria como literal.
Recuerdo que alguno de los dos, en algún momento, prohibió la música, porque no había melodía más bella que la del vaho de las ventanas cuando susurrábamos nuestro nombre. Nuestro. Solo uno. Porque tu nombre era mi vida, y mi nombre era tu cuerpo.
Pero, sin saber cómo, te volviste impermeable a mis manos, y ya no buscabas mi aire, ni te tranquilizaban mis sonrisas, ni los muelles de tu cama volvieron a mirarme con mala cara. Tampoco hubo más batallas, y la música sonaba alta, inundando las calles y el silencio, más estridente y molesta que nunca. Pero lo que nunca desapareció fue el vaho de las ventanas; y es curioso, porque hoy en día ya no soy capaz de llevar la cuenta de cuántos ojos han visto el cielo a través de esos cristales.
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