domingo, 19 de mayo de 2013

Un poco de Sur para poder ver el Norte.

Dices que te extraña mi manera de mirar, porque cuando te miras desde mis ojos ves un mundo que no representa al tuyo. Ven, que te enseño a observar desde la risa y a reír desde el desconsuelo, donde descansa el quejío rasgado de la tierra que me ha dado vida y que me verá morir.

Estas a unas pocas horas de ser partícipe de mis gemidos (llamémoslos tan), de los tuyos (llamémoslos tin), de los nuestros (llamémoslos tian), y del posticeo postrero de dos cuerpos que se anhelan como mano derecha a mano izquierda, y nunca viceversa. Estás a minutos de la soleá que deambula por la noche gaditana que confundes con mis olivares, que te coge y ya no te suelta hasta que no está segura de que no la vas a olvidar. 

Has vivido tan lejos de las noches en vela que no eres consciente de que, en el lugar de donde yo vengo, los bailes tienen carita de pena y las canciones se gritan llorando, porque es la única forma de partir un alma sin dañar el cuerpo. 

Acompáñame, que mis labios te enseñarán el sabor de la sal y mis manos rasgarán tu ropa como cuerdas de guitarra; que prometo quitarme el vestido a compás de bulerías, y bailarte seguidillas hasta quitarte el sueño, para después dormirte con la nana de mi cuerpo sobre el tuyo, acompañada, como siempre, del repiqueteo de tus dedos sobre el cajón flamenco del final de mi espalda. 

Alimenta mi cama, que yo a cambio te alimentaré de una cultura que ha dado vida y abrigo a las mejores palabras del idioma; que tu nombre ya conoce las calles de mi tierra, y tu recuerdo ha pasado demasiado tiempo descansando en la falda de mi montaña. 

Ven al sur, acaricia sus costas, desviste su interior, besa unos labios que harán arder los tuyos, y olvida, después, que existe vida más allá de sus fronteras, como hacemos todos cuando estamos dentro; como quien está en casa viendo llover fuera. Cógeme la mano, que yo te enseño Andalucía por dentro, en un estudio exhaustivo de su gente y sus colores, y de cómo se baila con las sábanas pegadas al cuerpo. 

Y, ah, una última cosa: no hagas maletas, no traigas equipaje; no te va a hacer falta allá donde te llevo.

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