La ilusión se desvaneció con el humo de una vela, y las manos que estrechaban mis caderas estrechaban, a la vez, mi esperanza, con una fuerza inversamente proporcional a la que empleabas para hacerme gritar tu nombre. Tu tacto ya no era el mismo, y en tus ojos reconocí un miedo tan real como el que solo he visto una vez, en esos ojos que son míos desde el primer momento en que me miraron, cuando se sabían a punto de hacerme daño.
Pero el final de un cigarro hecho mal y pronto justo antes de la despedida me indicó que había llegado el momento de intensificar la marcha y volver a casa; no me quedaba nada más que hacer en aquel lugar.
Y, ahora, explícame si puedes qué coño significa la tristeza que duerme esta noche conmigo ocupando tu lado de la cama.
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