jueves, 3 de enero de 2013

Relatos pasados.

«Todos buscamos encontrar lo perdido o, al menos, que lo que hemos perdido nos encuentre a nosotros». Terminé de escribir esta frase y cerré la pequeña libreta donde, durante dos meses, había estado arrojando todas las sogas que se empeñaban en enredarse en mi cuello e intentar hacer que lo pasara mal. Era un método nuevo, aún en fase de prueba, pero lo que sí que estaba claro era que, como psicólogo, aquella maldita libreta no tenía ni siquiera algo parecido a un competidor.

Había escuchado millones de historias sobre la diversión y las ventajas que conlleva vivir fuera de casa, alejada de tus padres, pero nadie se había acordado de recordarme que las noches que no estás borracha te hacen sentirte inhumanamente sola. Y no era culpa de Madrid, la inmensa ciudad a la que había decidido mudarme a estudiar; ni de la gente que me rodeaba, que continuamente se esforzaba en hacerme reír y darme cariño. La culpa era únicamente mía, porque no había previsto que vivir fuera de mi ciudad significaba separarme de todo lo que había querido durante toda mi vida; y eso, evidentemente, fue un grave error.

Sin embargo, la cosa se habría quedado ahí de no ser por mi impresionante capacidad para ponerme las cosas cada vez un poco más difíciles. Si no tenía suficiente con estar lejos de cualquier persona de confianza que pudiera servirme de apoyo, además estaba empezando a dejar de lado a aquellos que necesitaban apoyarse en mí; y, para más inri, había conseguido desbaratar desde un primer momento cualquier oportunidad de hacer que alguien me tomase en serio en mi nuevo «hogar». No había tomado las decisiones más acertadas, y había dejado durante dos meses que mis instintos más animales aflorasen sin la más mínima intención de reprimirlos en ningún momento. De hecho, yo misma me había incentivado a dejarme llevar y a actuar conforme el instinto me dictase, sin tener en cuenta, evidentemente, que ese sentimiento de bienestar y satisfacción conmigo misma no iba a ser eterno, y que posteriormente la vida equilibraría la balanza, devolviéndome la satisfacción física que había obtenido en forma de experiencias sentimentales negativas, dejándome un poco más sola de lo que ya estaba antes de llegar a Madrid. Al menos así era como me sentía; o como me quería sentir.

Cogí mi paquete de tabaco y saqué un cigarro. Después, abrí el primer cajón de mi mesilla y saqué una pequeña bolsita llena de promesas de felicidad y paz mental, y con la ayuda de un grinder y un mechero conseguí olvidar que nada estaba saliendo como me habría gustado que saliera. Calada tras calada, mi percepción pesimista de la realidad que me rodeaba se fue difuminando, siendo inmediatamente sustituida por una indiferencia que me ayudaba a respirar mejor. El denso humo blanco terminó por inundar mi pequeña habitación, llena de recuerdos y referencias a mi pasada y reconfortante vida, hasta que consiguió inundar también mis ganas de seguir consciente entre tanto caos; así que guardé la bolsa de marihuana en su escondite y abrí la ventana, esperando que, con el frío aire de noviembre, se disipara el humo y, con él, todos los problemas que hasta hacía veinte minutos creía tener.

Apague la luz, cerré los ojos y me deshice del mundo, consiguiendo olvidar durante cinco horas quién era yo, dónde estaba y qué demonios pintaba yo allí.

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