Una vez superada la depresión de año nuevo, donde me lamento por no tenerte y no te tengo por lamentarme, puedo afirmar que estoy realmente orgullosa de haberte hecho creer que las palabras no son más que figuras literarias que no reflejan la verdad, y que sí que soy feliz sin tenerte.
Sin embargo, me he vuelto a decepcionar al encontrarme buscando tu nombre entre otros tantos, tus ojos entre la multitud, tu olor entre tanto caos. Y más aún me decepciona saber que, si no volví a naufragar, fue porque no te dejaste encontrar. Maldito el momento en que di contigo, bendito el momento en que decidiste perderte.
La realidad es que ya no sé combinar palabras sinceras si no van a parar a tus ojos. Todo carece de sentido si no tiene una mínima relación con el frío que provocas en mis manos cuando ni siquiera las miras. Por eso, porque ya no me quedan dolores de los que deshacerme, ni penas que no contarte, ni lágrimas que no derramar, no sé seguir con las palabras que durante tanto tiempo me han seguido a mí.
Ya no tengo voz si no es para tus oídos, ni tengo tacto si no es para tu piel.
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