martes, 29 de enero de 2013

Cuerpos celestes.

Luna miró a Sol con ojos vidriosos, como una súplica desesperada de volver a ser uno; de aunarse en cuerpo y alma. Sol quedó cegado por la luz de Luna, por esa magia que irradiaban sus pupilas, por aquel gris inmenso y profundo de su iris.

Pero Luna quería más; no se conformaba solo con mirar a Sol, desde una relativa proximidad, y únicamente poder imaginar un posible contacto. Ella quería su piel, sus manos, sus labios y su vida. Ella quería todo de él, de Sol, de un sol que irradiaba una fuerza brutal pero, a la vez, una evidente fragilidad. 

Luna vivía durante el sueño y soñaba mientras la vida, y solo era feliz recordando, así que recordó. Recordó el último abrazo. Todas sus células, sus moléculas, sus pequeños titanes de vida. Y murieron juntos, en una explosión de dejarse llevar. Y a Luna se le erizó la piel. Y eso hizo a Sol entrar en calor, estallar en llamas, morir de vida. Ser inmenso, gravitante, hermoso, feliz.

Por eso, Luna ya no pudo volver a tocarle, porque le había visto ser feliz, y eso la asustaba. La asustaba temer a la soledad, ansiar felicidad, partirse alma y corazón para después tener que enmendarlo. Así que construyó una ruta por la que orbitar de manera frecuente, lejos de Sol, cerca del cielo, lejos que ese suelo que solo había conseguido herirla. 

Y, en esa órbita, bailó. Más tiempo del que nadie imagina, e incluso más del que ella creería. Y bailando murió y, aún muerta, seguía bailando. A veces mostrándose grande, viva, feliz, llena. Y, otras veces, ocultándose en sí misma para no dejarse ver; aunque sabía que Sol la quería; y la quería muchísimo.

Recordando lo que era el tacto de las sábanas de Luna, Sol se recostó y, mirándole a los ojos, Luna también se recostó. Y ahora sonríe, de vez en cuando, recostada, para iluminar la vida y apagar las sombras. 

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