domingo, 20 de octubre de 2013

Dream. Drop. Distance.

Tears of the light (Yoko Shimomura).

Pasaron tantas noches en los suburbios de sus cuerpos que perdieron el norte y olvidaron el sur, y ya no supieron encontrarse; ni quisieron. Jugaron con fuego por el simple placer de verse reducidos a cenizas, sin fénix que les hiciera renacer, sin nada que no fuese ellos contra todo. No existió nunca mejor tempo que el vaivén de sus caderas; ni luz más intensa que la oscuridad de su habitación.

No hablaban de sueños, porque temían que al hacerlo todo se volviera real y desapareciera; igual que desaparece todo lo auténtico, igual que muere todo lo vivo, igual que se olvida todo lo que se promete recordar. Sueños eran ellos, y sueños juraron seguir siendo, hasta que uno de los dos se quedase sin imaginación. Y, sin saber ni cómo, ni cuando, ni por qué, despertaron: él ya no era él; ella ya no era ella; y ellos… Bueno, descubrieron que ellos nunca habían existido.

Se convirtieron en dos cuerpos independientes, y entendieron que estar el uno al lado del otro no era igual que estar juntos. Entendieron que la vida desordena el caos y lo convierte en orden; y eso los mató incluso más que el tiempo.

Ya no eran eternos. Así como tampoco lo eran sus esquinas, ni la almohada que tantas veces les había escuchado callar; convirtiendo sus silencios en la mejor música de la ciudad.


Qué sucedió aquella noche para que todo empezara a terminar es algo que nadie sabe; ni siquiera ellos. Cuánto tiempo pasará hasta que ambos se olviden… Ya ha pasado. Ya no son uno. Ni siquiera son dos mitades. Simplemente, son: él ha vuelto a ser él; ella ha vuelto a ser ella; y ellos… Bueno, ya ni siquiera recuerdan que ellos habían existido.

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