Me sorprendí en las horas más bajas de la noche
preguntándome a mí misma cómo me gustaría morir. Por suerte, llevaba años
preparándome para ofrecer una respuesta inmediata y contundente, y de mis
labios salió una palabra que zanjó por fin la conversación: «durmiendo». Sí, me
gustaría morir durmiendo. No hay muerte más dulce, afirman algunos poetas, que
aquella que nos alcanza mientras soñamos. Vivimos de sueños, así que ¿por qué
no morir en ellos?
El paralelismo llegó fácil cuando, una vez más a lo largo de
aquel minuto, vino a mi cabeza el pensamiento recurrente con el que he vivido y
viviré. ¿Qué pasa con el amor? ¿Cómo llega? ¿No es acaso, al igual que la
muerte, más dulce cuanto más inesperado? Que llegue, te alcance y te pille en
un durmiendo emocional; y que, cuando
te despiertes del sopor, renovado del cansancio, te encuentres de repente con
que está ahí, con que ha llegado y ni siquiera te habías dado cuenta; y ya no
puedes hacer nada para evitarlo.
Supongo que es así como pasa a veces, tan sencillo y tan de
repente que solo alcanzas a asimilar la realidad cuando ya está casi tocando su
fin. Supongo que es así como sucedió, y como, poco después, se suicidó el amor,
despeñado barranco abajo en busca de una muerte que le diera de nuevo ese sueño
eterno que había venido buscando.
Pero la consciencia no me dio para más de dos minutos de
reflexión intensa acerca del amor y la muerte. Y cuando mis parpados al fin se
juntaron, todo quedó en penumbra y ya no supe ni siquiera dónde estaba. Y ya no
me importaba morir. Y tampoco me importaba enamorarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario