Me concederán algunas licencias poéticas para subsanar la falta de objetividad resultante de escribir sobre alguien a quien has amado, y a quien seguirás amando hasta que el corazón deje de bombear. Este es mi drama; su drama; y quiero hacerlo vuestro para que pase a ser nuestro, y podamos amarla juntos, en una orgía de sentimientos cuya existencia parece haber olvidado el ser humano.
Ella fue una musa, una sombra que durante el día se enganchaba a tu espalda y que desaparecía cuando las luces se apagaban. Solo una vez la vi despertar a mi lado, y como salida de una canción de Sabina, me miró y susurró "demasiadas cervezas". Y desapareció. Como siempre hacía.
Demasiado tiempo subsistió su cuerpo después de tanta tralla. Demasiados ojos habían visto esas pupilas expandirse en primerísima persona, convirtiéndose en agujero negro capaz de tragarse cualquier rincón por un poco de paz en polvo. Ella era ama y señora de todos los tipos de polvo, y su cuerpo la acompañaba en la dulce danza del sexo extasiado en mitad de una montaña de nieve.
Se hizo fuerte a base de masacrar sus debilidades. Se hizo tan fuerte que ni siquiera la vida fue capaz de traspasar la coraza que se había construido para protegerse del mundo. Y sin vida siguió viviendo, con la mirada perdida y la boca semiabierta; como tantas veces la había tenido bajo mi cuerpo; pero esta vez sin sangre de diera color a sus labios, y sin voz que me gimiera al oído que no parase nunca.
Murió en otoño, cuando el tiempo aún no ha decidido si calentar o enfriar nuestros cuerpos. Ella decidió por sí misma: cuando agarré su mano aquella tarde noté un témpano de hielo entre mis dedos, sin fuerza y sin color. Ella, sin sonrisa, ya no era ella; y yo, sin ella, ya no era yo.
El cielo nos lloró un pésame grisáceo a lo largo y ancho del tiempo y la ciudad, y me acompañó a casa, como dando a entender que, aunque físicamente se hubiera ido, ella seguiría allí, jodiéndome la vida como siempre había hecho, y como yo le había pedido que hiciera siempre.
Y quizás sea un error escribir sobre ella, porque dicen que solo has de escribir sobre lo que conoces, y si soy sincero jamás llegué a conocerla, porque jamás se dio a conocer. Era un libro cerrado, hermético y sin letras en la portada. No supe nada de ella y, sin embargo, la amé más de lo que nadie podrá nunca amar a otra persona.
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