Te pedí que me acompañases en el vals de las mentiras piadosas, pero eras incapaz de mirarme a los ojos después de que yo te apartase la mirada. El hecho de que solo te crea si te veo me tiene un poco (des)colocada; y es que hace tanto tiempo que no nos cruzamos que estoy empezando a pensar que nunca pasó nada, que nunca te hice daño, y que todos los errores jamás fueron culpa mía.
Pero te recuerdo a veces en algún segundo de mi ajetreada vida, y me pregunto qué tendría que hacer entonces que fuese lo suficientemente importante como para no estar contigo. Y lo recuerdo en contra de mi voluntad: tenía que hacerte daño; porque así es como te quería, rompiéndote para arreglarte inmediatamente después. Porque no sabía hacerte feliz si no era haciéndote llorar primero.
Y así pasaron muchos más meses de los que nadie apostó por nosotros, y así habrían pasado muchos más; de no ser porque incluso yo dejé de apostar por lo nuestro. Llámalo kilómetros, distancia, añoranza o ser una grandísima hija de puta. Llámalo como quieras, ese recuerdo es tan tuyo como mío.
Sin embargo, tú no recuerdas tus ojos rojos y tus manos temblorosas; ni lo pequeño que te veías tumbado sobre mis piernas, intentando acariciar los últimos segundos que nos quedaban de vida. Tú no te recuerdas como te recuerdo yo... Y por eso ahora afirmas que nunca podríamos haber seguido juntos. Y me das las gracias. Las gracias mil veces. Mil cinco, incluso. Porque ahora has encontrado a alguien mejor que yo. Y ella sí que sabe hacerte feliz.
Y me alegro. Te juro que me alegro. Pero no puedo evitar tener pena por aquellos diecisiete años que se quedaron en standby, esperando a que volvieses y me llevases contigo a nuestra nueva ciudad. Y dos años después... Sigo bailando sola el vals de las mentiras piadosas, con la diferencia de que esta vez no son para ti, sino para mí misma.
Y ahora entiendo por qué llorabas.
Pero sigo sin entender por qué no lloraba yo.
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