sábado, 1 de diciembre de 2012

La pequeña diferencia entre error y caos.

Me perdí y te encontré. Tanto física como psicológicamente. Necesité rendirme a la vida para comenzar a comprender qué significaba ser como tú. Después tuve que olvidarlo para aprender a ser tu sombra, tus pasos, tus huellas, tu oxígeno y tu razón. Tuve que olvidarme de mí para ser tu “yo”. Y aquello terminó destruyendo los frágiles cimientos que había construido para mi integridad.

Entonces la vida frenó en seco e hizo que me diera de bruces contra la realidad. Todo era distinto a como lo recordaba. Sin embargo, lo peor era que sabía que nada había cambiado. Quien había cambiado era yo. Única y exclusivamente yo. Así que ataqué a la cordura hasta que pudo conmigo; y me inmovilizó contra sus redes para que no pudiera volver a escapar. Y funcionó.

Te perdí y me encontré. De nuevo. Tiritando como el fuego en pleno invierno. Desnuda. Asfixiada. Muerta en vida. Viva entre tanta muerte. Y me di cuenta de que aquello que quedaba de mí no era yo. Así que me di la espalda y me abandoné a mi suerte. Dejándome sola. Perdiéndome de nuevo.

Y aquellos momentos fueron los más gratificantes. Los siete pecados capitales en un solo cuerpo. Ganando tiempo y perdiendo la vida. Poco a poco. Sin que nadie me avisara de la abrumadora rapidez con que se acercaba el final. Poco después todo terminó. Hasta hace unas horas.

Te he encontrado perdiéndome y me he perdido en tu encuentro. Y ya no sé si hay horas suficientes en la historia para calmar esta vida que me quema por dentro. Ya no sé si quiero apagarla. Ya ni sé ni entiendo nada. Sólo que me encontraré si me pides que nos perdamos, y que me perderé si, aún buscándote, no consigo encontrarte. 

1 comentario: