Entonces la vida frenó en seco e hizo que me diera de bruces
contra la realidad. Todo era distinto a como lo recordaba. Sin embargo, lo peor
era que sabía que nada había cambiado. Quien había cambiado era yo. Única y
exclusivamente yo. Así que ataqué a la cordura hasta que pudo conmigo; y me
inmovilizó contra sus redes para que no pudiera volver a escapar. Y funcionó.
Te perdí y me encontré. De nuevo. Tiritando como el fuego en
pleno invierno. Desnuda. Asfixiada. Muerta en vida. Viva entre tanta muerte. Y
me di cuenta de que aquello que quedaba de mí no era yo. Así que me di la
espalda y me abandoné a mi suerte. Dejándome sola. Perdiéndome de nuevo.
Y aquellos momentos fueron los más gratificantes. Los siete
pecados capitales en un solo cuerpo. Ganando tiempo y perdiendo la vida. Poco a
poco. Sin que nadie me avisara de la abrumadora rapidez con que se acercaba el
final. Poco después todo terminó. Hasta hace unas horas.
Te he encontrado perdiéndome y me he perdido en tu
encuentro. Y ya no sé si hay horas suficientes en la historia para calmar esta
vida que me quema por dentro. Ya no sé si quiero apagarla. Ya ni sé ni entiendo
nada. Sólo que me encontraré si me pides que nos perdamos, y que me perderé si,
aún buscándote, no consigo encontrarte.
La verdad es genial esto que dices...
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